Este es el último lugar del mundo donde debo perder los nervios.
Su compañera, una mujer callada llamada Teresa Schmidt, le dedica una mirada de advertencia.
—Reed —dice con voz dulce—, no podemos ayudarte a menos que cooperes. Y queremos ayudarte.
Arqueo una ceja. ¿En serio? ¿Están con lo de poli bueno y poli malo? Supongo que han visto las mismas series que yo.
—Chicos —suelto sin pensar—, empiezo a preguntarme si tenéis problemas de oído o algo. —Sonrío con suficiencia y me cruzo de brazos—. Ya he pedido que venga mi abogado, así que ahora tenéis que esperar hasta que llegue para hacer preguntas.
—Podemos hacerte preguntas —replica Schmidt—, y tú responderlas. No hay ley que lo contradiga. También puedes ofrecer información. Por ejemplo, aceleraría el proceso que nos explicaras por qué tienes sangre en la camiseta.
Contengo el impulso de llevarme una mano al costado.
—Esperaré hasta que llegue Halston Grier, pero gracias por su aportación.
El silencio se instala en la pequeña salita.
Cousins rechina los dientes. Schmidt se limita a suspirar. A continuación, ambos agentes arrastran las sillas hacia atrás y abandonan la estancia sin mediar palabra.
Royal – 1
Policía – 0
Pese a que está claro que se han rendido conmigo, se toman su tiempo para concederme lo que les he pedido. Me quedo allí sentado, solo, durante una hora. Me pregunto cómo narices ha llegado mi vida a este punto. No soy ningún santo y nunca he dicho que lo fuera; me he metido en muchas peleas. Soy un bruto cuando he de serlo.
Sin embargo, yo no soy este tío. El tío al que sacan esposado de su casa, el que tiene que ver el miedo reflejado en los ojos de su novia mientras lo meten a empujones en un coche patrulla.
Para cuando la puerta se abre de nuevo, un sentimiento de claustrofobia se ha apoderado de mí y me hace ser más grosero de lo que debería.
—Ya era hora —espeto al abogado de mi padre.
El hombre cano de cincuenta y tantos está enfundado en un traje a pesar de lo tarde que es. Me dedica una sonrisa triste.
—Bueno, parece que estamos de buen humor.
—¿Dónde está mi padre? —exijo saber mientras miro por encima del hombro de Grier.
—Está en la sala de espera. No puede entrar.
—¿Por qué?
Grier cierra la puerta y se acerca a la mesa. Coloca el maletín encima y abre los broches de oro.
—Porque no hay restricción que impida que los padres testifiquen en contra de sus hijos. El privilegio de confidencialidad se extiende solo hacia los cónyuges.
Por primera vez desde que me arrestaron, me siento mareado. ¿Testificar? Esto no irá a juicio, ¿verdad? ¿Hasta dónde piensan llevar los polis esta mierda?
—Reed, respira.
Se me revuelve el estómago. Maldita sea. Odio haber mostrado un ápice de impotencia frente a este hombre. Yo no demuestro debilidad, nunca. La única persona con la que bajo la guardia es Ella. Esa chica tiene el poder de derrumbar mis barreras y verme de verdad. A mi verdadero yo, y no al cabrón frío y cruel que el resto del mundo ve.