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Mariana Enríquez

La hermana menor

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    Iván Arturo Méndez Ocampocompartió una citahace 9 días
    Tres años, nada más.

    Ese tiempo se tomó Silvina Ocampo para publicar otro libro de cuentos después de La furia, de 1959: Las invitadas se editó en 1961 en Losada. La escritora está en la cima de sus poderes y convoca sus habituales visiones, pero de alguna manera las amplía, las mejora, las extiende
    Iván Arturo Méndez Ocampocompartió una citahace 15 días
    –Tenía terror a los resfríos. Hay que pensar que ella pasó toda su infancia y juventud sin antibióticos, que recién aparecieron después de la Segunda Guerra Mundial, con la penicilina. Nunca se le fue ese miedo. En Villa Silvina tenía toda una mesa llena de remedios y ella no sufría de nada; salvo de una hernia inguinal, que nunca se quiso operar, y tenía una pelota, fea, pobre, y se descomponía a veces. Una vez vinieron a comer y ella se descompuso, y Bioy estaba tan avergonzado..., fue bastante horrible. Él se comportó de manera desagradable. Aunque nunca escuché una discusión entre ellos.

    –¿Borges la respetaba como escritora?

    –Siempre dijo que era una gran escritora, si lo pensaba de verdad, no lo sé. Pero era muy amigo de ella, la quería mucho. La amistad no tenía, sin embargo, nada que ver con la entrega que uno tiene con los amigos.
    Iván Arturo Méndez Ocampocompartió una citahace 15 días
    Llevaba bien la casa, trataba a la gente de servicio con gran respeto, era todo por favor. Cuando por ejemplo habían hecho una burrada grande, daba miles de vueltas. No podía decir «ponga todo esto como estaba antes». Decía, por ejemplo: «Por favor vuelve a deshacer todo esto, porque el señor está acostumbrado a que las cosas estén dispuestas así y hacerlo de otra manera puede ser un problema, el señor se puede equivocar, y si se cae...» La primera vez que la vi comportarse así con el personal de servicio me quedé admirada. Era muy considerada. Tenía baños con detalles de bronce, y a los huéspedes les pedía que limpiaran las gotas de agua que caían sobre el bronce, porque se ponía verde y limpiarlo era mucho trabajo para el personal de servicio.
    Iván Arturo Méndez Ocampocompartió una citahace 15 días
    Ella veía a las que entraban con la carga y a las que salían. Y me dijo: «Si pensaran, se suicidarían.» Tenía esas cosas. Otra vez me dijo: «Qué raro, en los chicos, que todo es lindo, lo único feo es el codo.»
    Iván Arturo Méndez Ocampocompartió una citahace 16 días
    Nunca he tenido una sirvienta peor. Si se le ofrece algún día le recomiendo no tomarla, se llama Silvina Ocampo.»
    Iván Arturo Méndez Ocampocompartió una citahace 16 días
    A principios de los setenta, Elena Garro llamó a Bioy para avisarle que se iba a Francia y que, desde México, le mandaba a sus gatos para que los cuidara. Bioy no pudo decirle que no. Llegaron, entonces, los gatos de angora. Eran cuatro, uno se llamaba Lafayette y se había enamorado de Silvina, que odiaba los gatos: ella era una mujer de perros. Recibir a los animales fue complejo y fue un acontecimiento: Bioy y un escribano tuvieron que ir a buscarlos al aeropuerto internacional de Ezeiza. No duraron mucho en la casa. Silvina, harta y seguramente enojada, los mandó a una guardería. Nunca más se supo de ellos. A Elena le mintieron. Recuerda Jovita en Los Bioy: «Bioy le había dicho a Elena que los había llevado al campo, que allí estaban muy bien, para que se quedara tranquila. Pero ella, cuando lo supo, se volvió loca.»
    Iván Arturo Méndez Ocampocompartió una citahace 16 días
    literatura infantil, sin embargo, le interesaba desde antes. Una de las grandes influencias de la literatura de Silvina Ocampo –marcada por la repetición de tópicos como la metamorfosis, los monstruos, la crueldad– son los cuentos de hadas, y en 1950, mientras Borges y Bioy dirigían la mítica colección de policiales El Séptimo Círculo, Silvina planeaba una colección de libros infantiles. Eran relatos de distintas épocas y literaturas, reunidos en antologías temáticas –de la nieve, de Navidad, de animales, de hadas–, que serían ilustrados por chicos. La idea, por algún motivo, no prosperó.
    Iván Arturo Méndez Ocampocompartió una citahace 16 días
    De hecho, varios cuentos de La naranja maravillosa («Los dos ángeles», «Icera», «La liebre dorada») habían sido publicados antes en sus libros de cuentos «normales»; no les tocó una coma para ofrecerlos al público infantil.
    Iván Arturo Méndez Ocampocompartió una citahace 16 días
    A Silvina le encantaba ser abuela. Se divertía con los nietos, jugaba con ellos en el suelo, se reía a gritos. Cuando empezó a criar a su hija, también comenzó a escribir cuentos para chicos. Publicó varios en revistas en los cincuenta, y en 1958 se puso en escena, en el teatro Liceo de Buenos Aires, No solo el perro es mágico, su única comedia para niños y también la única de sus piezas teatrales que llegó a ser representada. En los setenta, cuando nacieron sus primeros nietos, editó varios relatos para chicos (el libro La naranja maravillosa, por ejemplo) y un libro de poemas, Canto escolar. La última de sus obras para niños fue la novela corta La torre sin fin, editada en Madrid en 1986; no se publicó ni distribuyó en Argentina hasta treinta años después, en una edición a cargo de Ernesto Montequin, que dice: «En la única antología integral que hizo de su obra (Páginas de Silvina Ocampo seleccionadas por la autora, de 1984), Silvina incluyó tres de sus cuentos para niños. No incluyó ninguna indicación para que se los distinguiera del resto de los textos seleccionados. Ella no establecía una jerarquía entre ficciones mayores y menores».
    Iván Arturo Méndez Ocampocompartió una citahace 16 días
    Una vez, para ayudarla en el colegio, Silvina le escribió una composición a Marta; pero no le fue muy bien, la chica se sacó apenas un cinco y Silvina incluyó el cuento en su libro Y así sucesivamente: se llama «Cabeza de piedra».
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