Estaba tumbado, retorcido, en una postura extraña, con las manos junto al cuello, como si hubiera forcejeado para arrancarse un pedazo de tela que lo ahorcara. Poco a poco, como hipnotizada, me fui acercando. Vi sus ojos abiertos y fijos en algún lugar bajo la mesa. Su camiseta sucia estaba desgarrada a la altura de la garganta. Parecía como si el cuerpo hubiera luchado contra sí mismo y, derro