Kenzaburo Oé

Una cuestión personal

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    Intentó reflejar su imagen en las pupilas del bebé, pero fue tan minúscula que Bird no pudo confirmar su nuevo rostro.
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    Una perspectiva del Infierno bastante tentadora.
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    Pero parecía que la realidad lo obligara a uno a vivir adecuadamente cuando se es parte del mundo real. Quiero decir que, aunque uno intente permanecer en la red del engaño, al final descubre que la única alternativa es salirse de ella.
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    El taxi se precipitaba por las calles húmedas a toda velocidad. Si muriera ahora en un accidente, antes de salvar al bebé, mis veintisiete años de vida no habrían servido de nada. Bird sintió el terror más profundo que jamás había experimentado.
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    ¿Qué cosa intentaba defender del peligro que representaba el bebé monstruo? ¿Qué había de valioso en su propio interior para defender con tanto ahínco? La respuesta que halló lo dejó estupefacto: nada, menos que nada. Cero.
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    Su vida de descenso a los infiernos
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    Algunos camiones pasaron rugiendo como una manada de rinocerontes, y a Bird le pareció que eran como una llamada aguda y apremiante, pero ambigua.
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    Bird se preguntó si no habría cogido alguna enfermedad del aparato respiratorio y protegió la cesta de la lluvia.

    –Es peligroso exponerlo así al aire frío. Ha vivido en una incubadora..., podría coger una pulmonía.

    –Ya lo sé –dijo Bird, de pronto fatigado.
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    El coche siguió avanzando a toda velocidad, llevando consigo el llanto del bebé. Era como transportar una carga de cinco mil cigarras chillonas, o como si Bird e Himiko se hubiesen metido dentro de una cigarra chillona. Poco después, la atmósfera sofocante y el llanto se volvieron insoportables...
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    –Siempre he creído que el llanto de un bebé está lleno de significado –dijo Himiko, alzando la voz por encima del llanto que no cesaba–. Por lo que se sabe, puede significar lo que las palabras para los adultos.

    El bebé continuaba llorando a todo volumen.

    –Es una suerte que no comprendamos lo que dice –afirmó Bird con inquietud.
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    Enseguida vieron un gorrión empapado y muerto delante del coche.
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    En un mundo que compartían todos los demás, el tiempo de la humanidad transcurría como un gigantesco destino maligno. Bird sólo era responsable del bebé que llevaba en su regazo, el monstruo que regía su destino personal.
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    El reloj indicaba una hora imposible. Estaba estropeado. Bird lo llevaba por hábito, pero desde hacía varios días no lo miraba ni lo ponía en hora. Le pareció que había estado viviendo fuera del tiempo que regía las vidas apacibles de todos aquellos que no se sentían amenazados por un bebé monstruo.
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    Recordó cómo había abandonado a su amigo Kikuhiko en una ciudad de provincias desconocida y en plena noche. Y ahora el bebé que estaba a punto de abandonar se llamaría Kikuhiko.
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    Un nombre, pensó Bird. La idea le turbaba. Si le proporcionaba un nombre al monstruo, desde ese instante parecería más humano y era probable que poco a poco se afirmara como ser humano.
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    Cerró los ojos bajo la lluvia tibia, inclinó la cabeza hacia atrás e intentó frotarse detrás de las orejas.
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    El cielo continuaba oscuro, y la atmósfera húmeda y agobiante. La lluvia descendía como una neblina hasta que el viento la arremolinaba, y así sucesivamente. Los árboles estaban cargados de agua y el follaje tenía un verde sombrío e intenso. Quizá, pensó, desde su lecho de muerte volvería a ver esa clase de verde. Le pareció que era él, y no el bebé, quien estaba a punto de morir a manos de un abortista inescrupuloso.
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    Con el techo negro sobre su carrocería escarlata parecía una herida abierta en carne viva y sus costras aledañas.
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    Una fina lluvia comenzó a caer y el cielo se oscureció por completo, como si de pronto hubiera llegado el crepúsculo.

    –¿Este trasto tiene algún techo que se le pueda poner? –preguntó Bird como un pobre idiota–. De lo contrario el bebé se empapará.
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    Como vomitando una dolorosa flema, Bird dijo
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