“¡Ya nos vamos, mamá!” era todo lo que había que decir. “¡Llévense dinero de mi monederito para que saquen más copias!”, sólo decía ella desde el fondo de la casa y luego regresaba a su máquina de coser. ¿Lo ven? Nada de gritos, nada de amenazas, nada de llantos dramáticos de novela de las cinco de la tarde.