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Yoko Tawada

El emisario

  • Cristinacompartió una citahace 7 meses
    Cuando Tomo se echó a sollozar como un niño pequeño, Mumei, que hasta entonces dormía plácidamente, también prorrumpió en llanto. La longitud de onda de ambas voces era idéntica, como la de dos hermanos que se pelean y se ponen a llorar a la vez cuando los regañan.
  • Paula Martínezcompartió una citahace 3 meses
    Así que Marika pensó que, si ella no decía nada, la existencia de Mumei nunca llegaría al jurado
  • Paula Martínezcompartió una citahace 3 meses
    alumnos brillantes con el fin de mandarlos al extranjero como emisarios.
  • Paula Martínezcompartió una citahace 3 meses
    otra manifestación, hubo muchos matrimonios que, curiosamente, se conocieron en una de ellas. Eran muchos lo que participaban en manifestaciones en lugar de tener citas.
  • Paula Martínezcompartió una citahace 3 meses
    Yoshiro se quedó de piedra. No sabía cómo reaccionar a aquella pregunta. ¿Dónde había conocido a Marika? No lo recordaba. Solo se acordaba de que se encontraban cada semana en manifestaciones. Sus recuerdos amorosos empezaron allí. Como por aquel entonces todos los domingos había alguna que
  • Paula Martínezcompartió una citahace 3 meses
    pero las veintitrés regiones de Tokio, incluso los mejores distritos, se habían declarado zonas demasiado peligrosas
  • Paula Martínezcompartió una citahace 3 meses
    En una disputa democrática, Yoshiro habría perdido, pero el autoritarismo favorece a los padres, unos seres sensibles y zopencos.
  • Paula Martínezcompartió una citahace 3 meses
    extraña ley de no poder vocalizar el nombre de ciudades extranjeras, pero la gente había empezado a no decir topónimos de fuera por precaución.
  • Paula Martínezcompartió una citahace 3 meses
    el cementerio de las cosas; un cementerio público en el que cualquiera podía enterrar con libertad todo aquello de lo que se quisiera despedir con gran respeto.
  • Paula Martínezcompartió una citahace 3 meses
    Al haber desaparecido los humanos del centro de la ciudad, los cerezos que antaño crecían en los laterales de las aceras con timidez, finos como palos de escoba, se habían tornado gruesos; sus ramas se extendían vigorosas en las cuatro direcciones y sus radiantes afros verdes se mecían lentamente a derecha e izquierda en lo alto del cielo.
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