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Colette

La gata

  • Dianela Villicaña Denacompartió una citahace 13 días
    Tirada, desde lo alto de un noveno piso—pensaba Alain mirándola—. La agarraron, o la empujaron… A lo mejor se defendió…, a lo mejor se escapó, y luego la cogieron y la tiraron… Asesinada…».
  • Dianela Villicaña Denacompartió una citahace 13 días
    Se levantó y se paseó entre los muebles enfundados de blanco para el verano como en las casas de provincias. Desde que había resuelto no denunciar a Camille, ya no se le ocurría qué decir.
    —Sabes, mamá, no ha habido ni gritos ni vajilla rota… El tocador de cristal no ha sufrido daños, y los vecinos no han subido. Pero me hace falta un poco
  • Dianela Villicaña Denacompartió una citahace 14 días
    —¿Quieres un cachorro de león, un bebé cocodrilo, de apenas cincuenta años? ¿No? Mira, más te valdría adoptar a Saha… Si te esfuerzas un poco, ya verás…
    Camille se arrancó de sus brazos, tan bruscamente que él se tambaleó:
    —¡No!—gritó—. ¡Eso nunca! ¿Me oyes? ¡Nunca!—Exhaló un suspiro furibundo, y repitió en voz más baja—: ¡Eso sí que no! Nunca.
    «Ya está», se dijo Alain con deleite.
  • Dianela Villicaña Denacompartió una citahace 14 días
    Una pobre asesina insignificante, dócil, trató de salir de la relegación en la que se había hundido, extendió la mano y tocó suavemente, con un odio humilde, el cráneo de la gata…
    El bufido más salvaje, un grito, un salto epiléptico, respondieron a su gesto, y Camille hizo «¡ay!» como si se hubiese quemado. De pie sobre la aguada desplegada, la gata envolvía a la muchacha con una acusación inflamada, erizaba el lomo, dejando al descubierto los dientes y el rojo seco de la garganta…
    Alain se había levantado, dispuesto a proteger a las dos, a Saha y a Camille.
    —¡Cuidado! Está… a lo mejor está loca… Saha…
    La gata lo miró con violencia, pero de una forma lúcida que demostraba la presencia de la razón.
    —¿Qué ha pasado? ¿Dónde la has tocado?
    —No la he tocado…
  • Dianela Villicaña Denacompartió una citahace 14 días
    Camille pareció ser la primera en ceder y en dispersar su fuerza criminal. Cometió el error de observar que el sol se apagaba, dio una ojeada a su reloj de pulsera, prestó el oído a un tintineo de cristales en el apartamento. Unos instantes más y su resolución, abandonándola como el sueño abandona al sonámbulo, la dejaría inocente y agotada… Saha sintió tambalearse la firmeza de su enemiga, vaciló sobre el parapeto, y Camille, extendiendo los dos brazos, la empujó al vacío.
    Tuvo tiempo de oír el chirriar de las garras en el ladrillo, de ver el cuerpo azul de Saha torcido en forma de S, aferrándose al aire con una fuerza ascendente de trucha, luego reculó y se apoyó en la pared.
    No mostró ninguna tentación de mirar hacia abajo, hacia el pequeño huerto rodeado de mampuestos nuevos. Una vez dentro de la habitación, se tapó los oídos con las manos, luego las retiró, sacudió la cabeza como si oyese el canto de un mosquito, se sentó y estuvo a punto de dormirse, pero el anochecer la hizo levantarse, y expulsó el crepúsculo encendiendo adoquines de cristal, ranuras luminosas, setas cegadoras y también el largo párpado cromado que derramaba una mirada opalina al través de la cama.
  • Dianela Villicaña Denacompartió una citahace 14 días
    Una vez vestida, vertical, sentada a su lado en el roadster, la miraba detenidamente y ya no veía en ella lo que la había convertido en su peor enemiga, pues al recuperar el aliento, al escuchar decrecer los latidos de su corazón, también él dejaba de ser el dramático joven que se desnudaba antes de tumbar a su compañera; y el breve protocolo voluptuoso, las preocupaciones gímnicas, la gratitud simulada o real, retrocedían al rango de lo que ha terminado y sin duda no volverá. Entonces renacía la mayor preocupación, que él aceptaba como honorable y natural, la pregunta que, por haberlo merecido durante tanto tiempo, recuperaba el primer puesto: «¿Cómo impedir que Camille viva en MI casa?».
  • Dianela Villicaña Denacompartió una citahace 15 días
    O derramaba gota a gota sobre Alain unas bendiciones sordamente iluminadas por un sentido hostil.
    —La joven señora del señorito Alain tiene muy buena cara. También tiene buena voz. Cuando habla en voz alta, se la oye desde la casa de los vecinos. Una voz para no llevarle la contraria, ¡eso sí! La joven señora no se muerde la lengua. Al jardinero le ha dicho que el macizo de silenes y nomeolvides es cursi… Todavía me estoy riendo.
    Y alzaba al cielo puro unos ojos pálidos, color de ostra gris, que no se habían reído en su vida. Tampoco Alain se reía. Saha lo tenía preocupado. Adelgazaba y parecía abandonar una esperanza, sin duda la esperanza de volver a ver a Alain todos los días
  • Dianela Villicaña Denacompartió una citahace 16 días
    Se dice: «¿Por qué no nos quedamos?».
    —¿Entonces por qué dices: «Se dice»? Sí, ¿por qué no quedarse, como decíamos?
    —Pero Patrick vuelve del crucero dentro de tres meses.
    —¡Vaya problema! Pues que vuelva. Se le explica que queremos quedarnos. Y se le echa.
    —¿Serías capaz?
  • Dianela Villicaña Denacompartió una citahace 16 días
    —¡Camille!—gritó.
    Creía que ella huiría hacia el cuarto de baño, cruzaría las manos sobre el sexo, se taparía los pechos con alguna prenda de lencería arrugada; pero ella se le acercó, se inclinó sobre el muchacho acostado y le trajo, agazapado bajo sus brazos, refugiado en el alga azul oscuro que adornaba su pequeño vientre cualquiera, un vigoroso olor a morena.
  • Dianela Villicaña Denacompartió una citahace 17 días
    —¡Bella como un demonio! ¡Más bella que un demonio!—le dijo Alain.
    Quiso acariciar el cráneo ancho, habitado por un pensamiento feroz, y la gata lo mordió bruscamente para descargar su enojo. Él se miró en la palma dos gotitas de sangre, con la emoción enfurecida de un hombre a quien su hembra ha mordido en pleno éxtasis.
    —Mala… Mala… Mira lo que me has hecho…
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