Camille pareció ser la primera en ceder y en dispersar su fuerza criminal. Cometió el error de observar que el sol se apagaba, dio una ojeada a su reloj de pulsera, prestó el oído a un tintineo de cristales en el apartamento. Unos instantes más y su resolución, abandonándola como el sueño abandona al sonámbulo, la dejaría inocente y agotada… Saha sintió tambalearse la firmeza de su enemiga, vaciló sobre el parapeto, y Camille, extendiendo los dos brazos, la empujó al vacío.
Tuvo tiempo de oír el chirriar de las garras en el ladrillo, de ver el cuerpo azul de Saha torcido en forma de S, aferrándose al aire con una fuerza ascendente de trucha, luego reculó y se apoyó en la pared.
No mostró ninguna tentación de mirar hacia abajo, hacia el pequeño huerto rodeado de mampuestos nuevos. Una vez dentro de la habitación, se tapó los oídos con las manos, luego las retiró, sacudió la cabeza como si oyese el canto de un mosquito, se sentó y estuvo a punto de dormirse, pero el anochecer la hizo levantarse, y expulsó el crepúsculo encendiendo adoquines de cristal, ranuras luminosas, setas cegadoras y también el largo párpado cromado que derramaba una mirada opalina al través de la cama.