Las mil y una noches, Anónimo
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Anónimo

Las mil y una noches

Smith Torres Sánchez
Smith Torres Sánchezcompartió una citael año pasado
como la trama de sus vestidos!
¡Acuérdate de las palabras de Yusuf,
y no olvides nunca que Eblis hizo expulsar a Adán por culpa de la mujer!
¡Cese asimismo tu censura, amigo; no sirve!
¡Eso que tú censuras pasará mañana de simple amor a locura apasionada!
Y no digas tampoco nunca: «Si yo amo, evitaré las locuras del amante.» No lo digas nunca. ¡Sería un prodigio único, ver salir un hombre sano y salvo de la educación de las mujeres!
Smith Torres Sánchez
Smith Torres Sánchezcompartió una citael año pasado
Amigo, no te fíes de la mujer que sonríe y promete;
en ella el buen o mal humor de­pende de los caprichos de su vulva.
¡Prodigan el amor, mientras que la perfi­dia las invade,
Valentina
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para señalar de ese modo que él no quería otra profesión que la de vagabundo. Y el mogrebino comprendió su repugnancia por los oficios manuales e intentó persuadirle por otro camino.
Valentina
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Y este derviche, que venía del Mogreb, de montañas del interior lejano, era un mago muy insigne, muy versado en astrología y en la ciencia de las fisonomías; y él podía, por la potencia de su hechicería, hacer moverse y que se entrechocaran a las montañas más elevadas.
Valentina
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Nada mejor podía hacer por ti, que entregarte este inestimable tesoro; porque más valiosa que todas las adolescentes de dia­mante y todas las pedrerías de la tierra, es esta joven virgen, puesto que la virginidad unida a la belleza del cuerpo y a la excelencia del alma, es la triaca que dispensa todos los remedios y supera todas las riquezas.» Y después de expre­sarse así, abrazó a Zein y desapareció.
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chahriar, concediendo, dijo:

—Puedes.
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—Estas anécdotas, Schehrazada, me agradan. Pero me gustaría oír ahora una historia maravillo­sa. Si tú no conoces ninguna, dímelo para saberlo.

Y Schehrazada exclamó:

—¿Y dónde hay una historia más maravillosa que la que pienso referir ahora mismo, si el rey me lo permite?
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Y el padre de Riya, cam­biando repentinamente de color, nos dijo con cal­ma: «¡Oh hermanos árabes!, aquella que me pedís en matrimonio para el ilustre Otbah, haciéndome un gran honor, es la única dueña de la respuesta. Nunca contrariaré yo su voluntad. Es ella, pues, quien debe decidir, y, en este mismo instante, voy a buscarla para pedir su parecer.»
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Los consejos de la generosidad y del saber vivir.
Valentina
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Y habiendo hablado así, él se acodó de nuevo sobre los cojines, diciéndose: «¡Yo bien creo que después de esta ya no quedan más historias que contarme! Por tanto, voy a meditar respecto a lo que me queda de hacer en cuanto a tu cabeza.»

Mas Schehrazada, que le veía fruncir las cejas, se dijo: «¡No hay tiempo que perder!» Y le dijo:

—Sí, ¡oh rey!, esta historia es admirable; pero ¿qué es en comparación de las que yo quiero con­tarte, si tú, a pesar de todo, me lo permites?

Y el rey preguntó:

—¿Qué dices tú, Schehrazada? ¡Y cuáles his­torias pensarás contarme todavía que sean más admirables o más asombrosas que esta!
Valentina
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Cuando el rey Schahriar escuchó esta historia, se incorporó a medias y exclamó:

—¡Ah, Schehrazada, esta historia heroica me transporta en verdad!
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juramentos y compromisos, como tenemos por costumbre hacer todas las ve­ces que tenemos un tratado con esos infieles, sec­tarios de Mahoma.»
Valentina
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Y esto no te obligará en nada, ni nos obligará a nosotros, con el jefe de los incrédulos, porque en el momento en que nos hayan entregado a los fugitivos, nos apre­suraremos a matar a los musulmanes de la escolta y a olvidar nuestros
Valentina
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Es hoy cuando yo quiero demostrar mi vigor y mi valentía, y, yo sola, aplastar a mis enemigos coligados.

»Demoleré hasta sus cimientos las murallas de los francos, y mí afilado sable cortará las cabezas de sus jefes.

»El color de mi caballo es el de la noche, y mi bravura es brillante como el día.

»De cuanto digo, se verá hoy el resultado, pues soy la única mujer peleadora del mundo.»
Valentina
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. Y Alá patrocinó la seguridad, y al cabo de una navegación de cin­cuenta y un días llegaron a la vista de Constan­tina, a la que no tardaron en arribar. Pero al momento fueron detenidos por los soldados fran­cos que guardaban la ribera y despojados y pues­tos en prisión, siguiendo así las órdenes del rey, quien quería vengarse, en todos los mercaderes extranjeros, de la afrenta hecha a su hija en los países musulmanes.
Valentina
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des­graciados a los que el sol no calienta nada con sus rayos! ¡Por tanto, mi alma quiere permanecer aquí, en donde florecerá con todas sus rosas y cantará con todos sus pájaros! Dime, pues, lo que es necesario que yo haga para convertirme en musulmana.»
Valentina
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«¿Qué es necesario que yo haga, ojos míos, para ennoblecerme del Islam? Pues yo quiero ser musulmana como tú, visto que la paz de mi alma no ha quedado entre los francos que colocan la virtud en la horrible continencia y no estiman nada igual al sacerdote castrado. ¡Estos son pervertidos que no conocen nada el valor inestimable de la vida! ¡Son
Valentina
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¡Gloria a Alá que ha creado el espectáculo encantador de dos amantes felices que, después de estar enaje­nados por las delicias de la voluptuosidad, reposan sobre un lecho, los brazos entrelazados, las manos unidas y los corazones latiendo al unísono!
Valentina
Valentinacompartió una citahace 2 años
ella, por su parte, no soslayó el hacer ver una parte considerable de los dones que poseía y de las maravillosas aptitudes que en ella había; pues reunía desde la voluptuosidad de las griegas a las amorosas virtudes de las egipcias, los lascivos movi­mientos de las hijas de los árabes al calor de las etíopes, el candor y timidez de las francas a la ciencia consumada de las indias, la experiencia de las hijas de Circasia a los deseos apasionados de las nubias, la coquetería de las hembras del Yemen a la violencia muscular de las hembras del Alto Egipto, la exigüidad de órganos de las chi­nas al ardor de las hijas del Hedjaz, y el vigor de las féminas del Irak a la delicadeza de las persas.
Valentina
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Por ello, cuando hubo recobrado la salud, quiso testimoniarme su gratitud con el mismo afecto que yo le diera durante la enfermedad, y me rogó que le so­licitase todo cuanto pudiera desear mi alma. Y yo reclamé de él por todo favor que me vendiera a quien pudiera utilizar de mí lo que tuviera que utilizar, y no cederme sino a aquel a quien yo misma eligiera. Y el persa me lo prometió al ins­tante y se apresuró a llevarme a venderme al mer­cado, en donde yo tuve la suerte de fijar mi elec­ción en ti, ¡oh ojos míos!,
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