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Verónica Murguía

El ángel de Nicolás

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  • Gaby TeDecompartió una citahace 6 años
    llanto es el idioma que de verdad nos pertenece a todos, porque cualquiera que sea la lengua que hablemos, todos lloramos igual. El llanto era el idioma de la humanidad; el del Paraíso seguía siendo un misterio.
  • Samiracompartió una citahace 5 años
    El único idioma que poseían los niños era el de las lágrimas. Sé que ése es el lenguaje humano primero. He visto, además, que en la muerte a algunos se les olvida el habla y se despiden de la vida entre moco y lágrimas, así que con frecuencia también es el último.
  • ximenacompartió una citahace 4 años
    El miedo es como una túnica envenenada
  • Valeria Lamcompartió una citahace 17 horas
    Quise que lo último que vieran mis ojos fuera el lugar en el que lo amé, aunque mi corazón estuviera convertido en polvo y cenizas. Por eso me volví.
  • Valeria Lamcompartió una citahace 17 horas
    El estruendo era ensordecedor. Supliqué, aunque no alcanzaba a escuchar mi voz. Maldije, aunque cuando abrí la boca decenas de pavesas se apagaron en mi lengua. El humo me cegó. Sentí que el fuego del cielo me cubría la cabeza de ascuas. Grité el nombre de Sodoma, pero no escuché más que un trueno descomunal. Imaginé a las palomas del templo volando en el aire incendiado, cayendo al suelo como brasas; a los durmientes convertidos en rescoldos, las manos adornadas con anillos transfiguradas en flores incandescentes, los corazones inflamados por el deseo convertidos en carbones. Me tapé los oídos y comprobé que sangraban; mis palmas se mancharon de sangre y tizne. Recordé a las muchachas sonrientes, a los vendedores de flores, las viñas y las palmeras. No hizo falta cubrirme la cabeza con cenizas en el gesto de luto; ya se desprendía mi pelo en mechones, destruido por el diluvio de centellas. Rasgué los harapos ennegrecidos en los que se habían convertido mis vestidos. Miré los rostros quemados de mis hijas, el blanco de sus ojos desorbitados, las bocas cubiertas de ampollas. Luchaban por ponerse de pie. Sus labios se movían, pero yo no podía escuchar más que el eco de aquello que había devorado la ciudad.
    El humo comenzó a disiparse. Lot estaba arrodillado frente a nosotros. Por un desgarrón de su túnica asomaba el hombro quemado y enrojecido. La ceniza negra le cubría el pelo, velando sus canas. Así, inclinado de espaldas, la cabeza oscurecida y oculto el gesto amargo, parecía el hombre a quien me entregué hace años.
  • Valeria Lamcompartió una citahace 17 horas
    Se decía que los habitantes de Sodoma eran pusilánimes, que el pavor a morir los obligaba a ser esclavos de los placeres. Es verdad que para nosotros el placer era un encantamiento que nos hacía olvidar que algún día ya no seríamos.
  • Valeria Lamcompartió una citahace 17 horas
    El rubor me quemó las mejillas y el sudor asomó a mi frente. El pie del forastero, un ave perfecta en
  • Valeria Lamcompartió una citahace 17 horas
    mis manos, pesaba como si fuera de piedra. Lo solté, y él lo ocultó lentamente entre los pliegues de su túnica.
    Supe que no sólo adivinaron lo que yo pensaba, también –y sufrí como si estuviera desnuda bajo el sol del desierto– vieron a través de mis vestidos mis pechos maltratados por el tiempo, mis caderas blandas, mi vientre marcado. ¡Ay! ¡Cómo quise ser de nuevo la muchacha que Lot tomaba en las noches!
  • Valeria Lamcompartió una citahace 17 horas
    Eres esclava de la carne, como todos los que habitan esta ciudad. Polvo y ceniza es tu cuerpo, mujer. No soy lo que imaginas.
    A pesar de que apenas si murmuró el reproche, sentí como si me hubiera gritado y su voz fuera la de un címbalo de bronce. Me sentí impúdica como un animal que fornicara al lado del camino.
  • Valeria Lamcompartió una citahace 17 horas
    recorrió las filas de vasallos y una voz ronca se alzó en apoyo del duque.
    Radbod tenía razón, por supuesto. ¿Acaso sus antepasados carecían de cualidades? ¿No habían sido valientes en la batalla y leales a sus hombres? ¿No les debían, por lo menos, una alianza después de la muerte?
    El murmullo se extendió y la muchedumbre de campesinos francos que se apiñaban en la parte posterior de la nave se agitó. Se oyeron otras voces, llenas de simpatía. Los francos secundaban al duque. Enemigos esporádicos y brutales de los frisones, compartían con ellos el código de lealtades de las tribus bárbaras. La delgada pátina de cristianismo con la que el diligente obispo los había cubierto se resquebrajó por un momento.
    Volvieron a abrir un espacio para que el joven frisón y su comitiva pasaran, pero en lugar de la curiosidad, los francos lo miraron, protectores y cómplices.
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