El estruendo era ensordecedor. Supliqué, aunque no alcanzaba a escuchar mi voz. Maldije, aunque cuando abrí la boca decenas de pavesas se apagaron en mi lengua. El humo me cegó. Sentí que el fuego del cielo me cubría la cabeza de ascuas. Grité el nombre de Sodoma, pero no escuché más que un trueno descomunal. Imaginé a las palomas del templo volando en el aire incendiado, cayendo al suelo como brasas; a los durmientes convertidos en rescoldos, las manos adornadas con anillos transfiguradas en flores incandescentes, los corazones inflamados por el deseo convertidos en carbones. Me tapé los oídos y comprobé que sangraban; mis palmas se mancharon de sangre y tizne. Recordé a las muchachas sonrientes, a los vendedores de flores, las viñas y las palmeras. No hizo falta cubrirme la cabeza con cenizas en el gesto de luto; ya se desprendía mi pelo en mechones, destruido por el diluvio de centellas. Rasgué los harapos ennegrecidos en los que se habían convertido mis vestidos. Miré los rostros quemados de mis hijas, el blanco de sus ojos desorbitados, las bocas cubiertas de ampollas. Luchaban por ponerse de pie. Sus labios se movían, pero yo no podía escuchar más que el eco de aquello que había devorado la ciudad.
El humo comenzó a disiparse. Lot estaba arrodillado frente a nosotros. Por un desgarrón de su túnica asomaba el hombro quemado y enrojecido. La ceniza negra le cubría el pelo, velando sus canas. Así, inclinado de espaldas, la cabeza oscurecida y oculto el gesto amargo, parecía el hombre a quien me entregué hace años.