La primera entrada: «Abatjour.» Eso hubiera sido suficiente para conquistarnos. Pero además el libro transitaba entre innumerables muestras de inteligencia e ironía con un tono amable, entre socarrón y sardónico. Savinio había querido transformar la forma enciclopédica –anónima y colectiva por excelencia– en una materialización del más alto carácter idiosincrásico: difícil pensar un libro único más precisamente adaptado a tal definición. Para entonces lo único que habíamos publicado de Savinio era Maupassant y «el otro», libro indefinible, desbordante de genio, que Giacomo Debenedetti había recuperado en su Biblioteca delle Silerchie. Fuera de eso, la obra de Savinio era inhallable. Su nombre permanecía rodeado de un espeso halo de silencio. En las genealogías literarias no aparecía. Sin embargo, había conocido a todos, había escrito infatigablemente en los diarios y revistas más difundidos de su tiempo. Pero actuaba contra él un antiguo y letal maleficio. Una voz sin nombre decía y repetía: «¿Savinio? Demasiado inteligente.»