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Citas de “El pasado” de Alan Pauls

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Tenía ojos muy separados, como de tiburón
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un asombro bovino, en cámara lenta
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La tarde, además de estúpida, era fría y hostil
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Contra sus temores, que el adelantamiento del parto, por otra parte, había profundizado, ser padre resultó para Rímini una de esas facultades secretas que, mientras nada en el mundo que nos rodea las exige, son a menudo irreconocibles para nosotros mismos, pero después, invocadas –o más bien, como le gustaba creer a él, inventadas– por la simple existencia de un estímulo exterior nuevo, saltan a la vista y se despliegan con una eficacia milagrosa, haciendo gala de la idoneidad y la gama de recursos de las que antes nos creíamos completamente desprovistos
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Bien», dijo. Pensó: «¿Bien?» Repitió: «Bien
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y recordaron en voz alta, con el afán un poco artificial con que elegimos a alguien y le creamos su primer pasado
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«Eran tan hermosos. ¿Cuántos años tenían? ¿Diecisiete? ¿Dieciocho? Me acuerdo de que la primera vez que Sofía te trajo a Vidt pensé: “Son tan hermosos que habría que desfigurarlos.” Qué idiota. ¿Por qué no lo hice? Hoy seguirían juntos. Sangrar lo justo en el momento justo: ése es el secreto de la inmortalidad. Me dio pena. Siempre fui demasiado sensible a la belleza: ése es mi karma.
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Era un pichón caído del nido.
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hizo foco en los dedos contraídos que se apretujaban todos contra el pulgar, como huyendo de un mismo perseguidor, y buscaban refugio junto a una gran uña amarilla...
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una mujer tan flaca que en el camisón que vestía había lugar para dos más como ella,
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Cuando las puertas del ascensor se abrieron, después de subir y bajar un par de pisos sin razón, Konrad, que había quedado huérfano –un alud en una estación de esquí–, se iba a vivir con Liselotte, una tía sorda y soltera,
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Sí, perdón.» Dio un paso adelante, sonrió ante la cara que la esperaba del otro lado de la ventanilla y deslizó una credencial y unos papeles por la ranura.
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un rosario de inminencias inquietantes se desplegó en su imaginación.
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clavando los codos en el hule negro,
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la obligó a sentarse con una lentitud exasperante, como si tuviera un cuerpo de cristal,
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las ruedas delanteras necesitaban aceite y bizqueaban
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lo que los reunía en ese momento era el mismo trance de incredulidad y espanto que reúne, en medio de un viaje en avión, a los dos desconocidos que vuelven la cabeza al mismo tiempo y descubren que hay un ala que arde
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el sexo que lagrimeaba
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Las cosas no sucedían en los rieles lógicos del tiempo sino en una especie de pliegue traidor, añadido al tiempo por accidente,
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Soñó con ventiladores de techo que giraban con una lentitud exasperante,
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