Cathryn Constable

La princesa de los lobos

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Melanni vargascompartió una citael mes pasado
entonces en una historia, una que su padre no dejaría de contarle.

Era invierno. Nevaba. Una muchacha estaba perdida en el bosque. Y —Sophie notó que el miedo le oprimía el pecho— un lobo...

Sintió que la mano de su padre se escurría de la suya.

—¡No me dejes!

Pero él ya no estaba allí. Y la tristeza y el miedo se mezclaron con los copos de nieve y lo cubrieron todo.

—¡Sophie!

¡No! Aquella voz provenía de otra parte. Sophie no quería contestar.

Hundió la cara en la almohada, intentando adentrarse de nuevo en el bosque, intentando aferrarse a aquel extraño sueño, donde percibía el sabor del aire frío y limpio como una mezcla de caramelos de menta y diamantes... Sentía la presencia del bosque por todas partes... Oía el crujido de la nieve bajo sus pies...

—¿Estás despierta?

Sophie suspiró y pasó la mano por la colcha, como para quitar la nieve de encima.

—Ahora sí, Delphine.

Intentó no parecer malhumorada, pero el día había comenzado en el Colegio de Señoritas de New Bloomsbury y ya no se detendría. Era demasiado tarde para soñar.

Se volvió para quedar tumbada de espaldas, con la mirada clavada en el techo. ¿Por qué tenía que ser tan aburrida la vida real? ¿Por qué el internado parecía tan... beis? Recorrió con la mirada los tres armarios estrechos, las tres endebles mesitas de noche y los tres escritorios y sillas rayados, y deseó... otra cosa. Algo hermoso, por pequeño que fuera. Ramas enormes de cerezo en flor en un jarrón de ágata... visillos de encaje en la ventana... luz de velas... En aquel humilde cuartucho londinense no habría nunca el menor ápice de belleza ni de emoción. No habría notas secretas ni espionaje. No habría aventuras.

Solo una escuela.

Delphine se incorporó en la cama y se desperezó. Mechones de pelo rubio le caían por la cara y los hombros. Parecía una princesa Plantagenet que acabara de despertar en el sepulcro de una iglesia tras un plácido letargo de mil años.

—¿Qué tiempo hace?

A Delphine solo le importaba el tiempo, cómo no, para decidir qué hacía con su pelo. Y la cama de Sophie estaba al lado de la ventana. Delphine hacía la misma pregunta todas las mañanas.

Sophie se incorporó. Por un instante posó la mirada en la fotografía de su padre que tenía en el alféizar de la ventana. La imagen había captado
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