—¿Quieres que te cuente un secreto? Con ese zafiro, Morozko forjó un vínculo entre tu fuerza y él, pero esa magia hizo algo que él no había tenido en cuenta: lo fortaleció, pero también lo acercó más y más a la mortalidad; ansiaba la vida, más como un hombre y menos como un demonio. —Polunochnitsa hizo una pausa sin quitarle ojo a Vasia y continuó con crueldad—: Te quería y no sabía qué hacer.
—Es el rey del invierno, no puede amar.
—Ahora no, eso seguro —contestó Polunochnitsa—. Su poder se ha hecho añicos en tus manos, y con tus palabras lo has alejado. Ahora los únicos que lo verán en Moscú serán los moribundos. Así que vete de la ciudad, Vasilisa Petrovna; déjala en manos del destino. No puedes hacer nada más