Jane Austen

Orgullo y prejuicio (Alba)

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«Es una verdad universalmente aceptada que todo soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa»: este comienzo —junto con el de «Anna Karénina», quizá uno de los más famosos de la historia de la literatura— nos introduce sabiamente en el mundo de Jane Austen y de su novela más emblemática. «Orgullo y prejuicio», publicada en 1813 tras el éxito de «Juicio y sentimiento», reúne de forma ejemplar sus temas recurrentes y su visión inimitable en la historia de las cinco hijas de la señora Bennett, que no tiene otro objetivo en su vida que conseguir una buena boda para todas ellas. Dos ricos jóvenes, el señor Bingley y el señor Darcy, aparecen en su punto de mira e inmediatamente se ven señalados como posibles «presas». El opresivo ambiente de la familia, la presión del matrimonio y del escándalo, la diferencia de clases, el fantasma de la pobreza y la actitud de una heroína más rica y compleja en sentimientos que cualquier heroína de cualquier novela anterior, se conjugan en esta obra maestra leída y celebrada a lo largo de más de dos siglos.
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564 páginas impresas
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Citas

  • Kiara Steffanycompartió una citael año pasado
    —Admiro muchísimo a mis tres yernos —dijo⁠—. Es posible que Wickham sea mi predilecto, pero creo que tu futuro marido me ha llegado a gustar tanto como el de Jane.
  • Kiara Steffanycompartió una citael año pasado
    Aquello era un mal presagio de cómo se comportaría su madre con el señor Darcy. Y Elizabeth comprendió que, pese a tener la seguridad del afecto de su prometido y del consentimiento de su familia, aún le quedaba algo por desear.
  • Kiara Steffanycompartió una citael año pasado
    He sido un egoísta toda mi vida, pero sólo en la práctica, no en los principios. De niño me enseñaron lo que está bien, pero no me enseñaron a corregir mi temperamento. Me inculcaron buenos principios, pero se me permitió seguirlos con orgullo y engreimiento. Por desgracia, fui el único varón (y pasaron muchos años antes de que naciera mi hermana), y fui mimado por mis padres, que, aunque buenos (sobre todo mi padre, que era todo afabilidad y benevolencia), permitieron, fomentaron y casi me enseñaron a ser egoísta y dominante; a no preocuparme por nadie más allá del círculo de mi propia familia; a pensar mal de todo el mundo; a menospreciar, cuando menos, el juicio y los valores de los demás cuando se comparaban con los míos. Así fui de los ocho a los veintiocho años; y así habría seguido siendo de no haberte conocido, ¡mi maravillosa y querida Elizabeth! ¡Te debo tanto! Me diste una lección, muy dura al principio, pero enormemente provechosa luego. Recibí una cura de humildad. Me acerqué a ti sin albergar ninguna duda sobre cuál iba a ser tu respuesta. Y tú me mostraste cuán insuficientes eran mis méritos para agradar a una mujer que merecía el mejor de los tratos.

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