Afectado por una especie de voracidad sensorial, de ansiedad y de miedo de perderse algo, asistido entonces por prótesis tecnológicas de registro, el turista convierte inmediatamente a todo el mundo que lo rodea en un museo o en un espectáculo. Y el mundo, interesado en lo que él gasta y consume, se convierte inmediatamente en una enorme empresa prestadora de servicios (alojamiento, comida, espectáculo, diversión, chirimbolos y souvenirs), una prostituta babilónica, una máquina cholula y adulona de servir, armada a nivel de medidas de estados y ministerios y de iniciativas de cámaras empresariales o comerciales, y que crea inevitablemente sus zonas góticas y tristes de sobrevivencia, verdaderos campos de mutantes y refugiados, residuos de la ciudad del consumo y del espectáculo: prostitución infantil, pordioseros de supermercado, vendedores ambulantes de chirimbolos, ladrones ocasionales.