Máximo Nivel, Daniel Chamorro, Pablo Pabrabaschi
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Daniel Chamorro,Pablo Pabrabaschi

Máximo Nivel

Por eso, es importante que nos tomemos un momento para profundizar sobre el significado de la palabra perfecto o perfección al que nos referimos.

Comúnmente, cuando hablamos de perfección, decimos que algo perfecto es aquello que no tiene errores, defectos o falencias. Y aunque entendemos y nos desmarcamos rápidamente de la actitud puntillosa e intolerante del perfeccionista, que busca hasta el hartazgo el detalle, nos queda la sensación de no haber expresado el significado más profundo del término.

Indagando un poco más, encontramos la definición que nos dice como “perfecto” a aquello que tiene las cualidades requeridas, deseables o adecuadas para el fin con que fueron hechas.

Ésta descripción, amplía nuestra perspectiva y nos acerca al término de «propósito» dejándonos a las puertas del sentido en que interpretaremos esa palabra en éste libro.

La Biblia, en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, relacionan lo perfecto con aquello que está completo, enteramente acabado, maduro o plenamente desarrollado. Es decir, en pocas palabras, aquello que alcanzó su propósito.

El apóstol Pablo dijo en su carta a los Hebreos:

«Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen…» Hebreos 5.8–9

Que Jesús haya sido perfeccionado por su obediencia ¿significa que no era perfecto? No, por supuesto.

Jesús fue perfecto en todo; obedeció la voluntad de Dios siempre. Lo hizo cuando le dijo a María su madre que todavía no había llegado su hora, y fue perfecto cuando se entregó, murió, resucitó y ascendió a los cielos.

La perfección no es algo estático que se da solamente en un momento fijo de nuestra vida. Además, sólo la alcanzaremos totalmente cuando estemos en la presencia de Dios.

Pero así como un árbol sano, da su fruto a su tiempo, y se mu

ltiplica, siendo perfecto para el propósito por el cual fue creado, así nosotros también damos el fruto del Espíritu que obra ese proceso de perfección en nuestras vidas.

El árbol es perfecto cuando es sólo un retoño y lo es cuando su sombra da abrigo, refugio y comida a las aves. Es perfecto cuando en invierno sus hojas caen para cuidar así su sabia y energías, y es perfecto cuando florece antes de dar sus frutos. Incluso es perfecto cuando luego de haber dado mucho fruto, muere y todo su desarrollo y expansión continúa multiplicándose en otros árboles a través de las semillas de sus frutos.

¿Entonces siempre somos perfectos naturalmente como los árboles? No. Jesús maldijo la higuera estéril que no dio fruto en el momento que debía hacerlo. Y en otra parábola nos dice que los pámpanos que no llevan frutos serán cortados.

Así que, en primera instancia, para ser perfectos es necesario obedecer la voluntad de Dios en cada momento de nuestras vidas.

De una persona no se espera, cuando es niño, que se esfuerce y “se gane la vida” trabajando. Primero debe crecer y transitar plenamente cada etapa de su desarrollo. Cada una de ellas tendrá sus esfuerzos y desafíos. Pero una vez que se convierte en adulto, si sigue haciendo cosas de niño, y no asume sus responsabilidades, se dirá del él que es un irresponsable.

La demanda de excelencia y perfección de Dios para con nosotros es siempre la misma, pero para cada persona es distinta y particular dependiendo de su crecimiento.

En todo esto, podemos confiar en que Él no nos pedirá aquello que no podamos realizar (1 Corintios 10.13), sin embargo no nos hagamos tardos para oir. ¡Podemos ser perfectos delante de Dios!

Corramos entonces tras nuestro máximo nivel y alcancemos nuestro completo desarrollo y excelencia para cada momento de nuestras vidas.

Pr. Daniel E. Chamorro
232 páginas impresas
Editorial
BookBaby

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