Julio Torri

La literatura española

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    Manuel Robledocompartió una citahace 4 meses
    Lo mismo que las gentes que se le acogen en el sitio de Valencia:
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    Cuando el Cid reclama la dote de sus hijas,
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    Como cosa curiosa señalaremos la perspicacia con que el ignorado autor descubre y pinta la codicia.
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    Apuntaremos de paso que el Cantar nos conserva los más antiguos refranes de nuestra lengua:
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    El Campeador es una figura trazada con fuerte relieve, llena de grandeza moral, a pesar de que en su siglo aún no se perfilaba un ideal religioso ni nacional.

    El autor sólo conoce la región de Medinaceli, provincia de Soria, en Castilla la Vieja, lugar fronterizo, hacia mediados del siglo XII, entre cristianos y moros.

    Están delineadas con vigor insuperable las grandes escenas de la obra como la del robredo de Corpes, las cortes de Toledo y los combates de Carrión, todas del más vivo dramatismo. Las descripciones, como en la Ilíada y en el Rollans, son breves pero de fuerza extraordinaria: dos o tres pinceladas y todo el grandioso escenario aparece ante los ojos.
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    El Poema refleja de modo hondamente emotivo y humano la vida cotidiana, costumbres e ideas del tiempo, acaso con menos brillo pero con más fidelidad que el Canto de los Nibelungos y la Canción de Roldán
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    Cuando se despide de los que han de batirse con los Infantes y hace sus últimas recomendaciones,
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    Cuando obsequia a Pedro Vermúdez con la espada Tizón que acaba de recuperar de uno de sus antiguos yernos,
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    Es notable la concisión lapidaria con que se expresan el Campeador y sus guerreros.
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    En el cantar son mirados con simpatía el rey y los infanzones, o sea, la nobleza rural a la que pertenece Ruy Díaz; y con antipatía la más alta casta palaciega, los comdes o ricoshombres, en la que están comprendidos García Ordóñez y los indignos Infantes.
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    excusa alegando que en la Corte hay muy altos hombres capaces de hacerlo, el monarca insiste: “Çid, págome yo de lo que vos dezides; mas quiero todavía que corrades ese caballo por mi amor”.
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    La lid se hace en las vegas de Carrión y la preside Alfonso VI. Los Infantes quedan vencidos, malheridos y deshonrados.
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    y despojar al fiel Abengalbón. En el robredo de Corpes azotan a sus esposas, las dejan abandonadas y sin sentido, y les roban los mantos y las pieles armiñas. Con este abandono, según las costumbres jurídicas de la época, el matrimonio queda disuelto. El Cid acude al rey, que convoca sus cortes en Toledo. El héroe llega al último. Primero pide que los Infantes le devuelvan sus espadas Colada y Tizón; después, la dote de sus hijas; y, finalmente, exclama:

    a menos de riebtos no los puedo dexar
    [v. 3257.]
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    Sobrevienen entonces denuestos e inculpaciones de menos valer y los desafíos quedan concertados entre Pedro Vermúdez y Fernando, Martín Antolínez y Diego, Muño Gústioz y Assur González, hermano este último de los Infantes. A la Corte llegan entonces Ojarra e Íñigo Jiménez o Ximénones, rogadores de los Infantes de Navarra y Aragón, que piden para éstos la mano de doña Elvira y doña Sol, la que les es otorgada por el Cid y por el rey
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    Triste figura hacen en la corte militar de Valencia los Infantes, que se comportan con pusilanimidad en la derrota del rey Búcar que ensaya a recobrar la ciudad. Tras la victoria, se llevan a sus esposas a Carrión. Intento frustrado de los carrionenses de matar
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    ganancias de su padre, se tornan en buenos partidos que tientan la codicia de unos jóvenes ricoshombres, los Infantes de Carrión. Yuçuf de Marruecos —el emperador de los almorávides— se presenta con gran ejército ante Valencia. El Cid le derrota y del botín envía doscientos caballos al rey. A tan repetidas larguezas el monarca acaba por consentir en avistarse con el desterrado, para perdonarle públicamente. Las vistas junto al río Tajo ilustran curiosamente sobre la significación de un rey medieval, mayor que la de un jefe de Estado moderno, ya que aquél encarnaba la idea de patria, idea que sólo más tarde fue tomando cuerpo. Alfonso VI, pensando honrar al conquistador de Valencia, le pide a sus hijas para los Infantes de Carrión. El Cid accede y el casamiento se lleva al cabo.
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    Vienen después los comienzos de su encumbramiento, Castejón y Alcocer, donde lo asedian dos reyes de moros con hueste numerosa. Luego, provechosas correrías por la región de Teruel y las comarcas vecinas de Lérida y Castellón. El conde de Barcelona que sale a combatirle es derrotado y hecho prisionero. En su cautividad se niega a probar bocado, y el héroe lo trata con generosidad no exenta de ironía. En el segundo cantar se cuenta muy abreviadamente el sitio y conquista de Valencia, la gran proeza del Cid con la cual emula a los caballeros de la gesta de Garin de Monglane que por esfuerzo propio adquieren feudos y señoríos. Tras de vencer al rey moro de Sevilla, que trata de recuperar la ciudad perdida, envía nuevo presente al rey, que permite se le reúnan doña Jimena y sus hijas. Éstas, por las
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    vasallos y pasa por Burgos, donde nadie le hospeda, y por el monasterio de San Pedro de Cardeña, en que se hallan su esposa doña Jimena y sus hijas. Momento de incertidumbre y dolor el de la separación.
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    Con el Poema del Cid se inicia una época, en que se trata, a semejanza de la epopeya francesa, un tema con toda amplitud en varios millares de versos, pues parece que los cantares primitivos eran mucho más cortos.

    La materia del poema está admirablemente planeada en tres cantares. Unos calumniadores cortesanos acusan al Cid de haberse enriquecido en una excursión a Sevilla, adonde fue enviado por Alfonso VI a cobrar unas parias o tributo anual. Sin escucharlo, el rey le destierra. Parte acompañado de parientes y
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    EL POEMA DEL CID. Un cantar de gesta, de mediados del siglo XII, ha llegado hasta nosotros en una copia hecha en 1307 por Per Abbat, cantar sobre el cual han arrojado intensa luz los estudios de don Ramón Menéndez Pidal. Es la más preciada joya de la epopeya castellana.
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