Amos Oz

Una historia de amor y oscuridad

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    Patricia Fuentescompartió una citahace 6 meses
    sonaba en la farmacia, era siempre un sonido excitante, estremecedor, un momento mágico,
    Patricia Fuentescompartió una citahace 6 meses
    Perdón, señorita, creo que le he pedido hablar con el 648 de Tel Aviv». Ella decía: «Lo tengo anotado, señor. Espere, por favor» (o «tenga paciencia, por favor»). Mi padre decía: «Espero, señorita,
    Patricia Fuentescompartió una citahace 6 meses
    por supuesto que espero, pero hay gente esperando también al otro lado de la línea». Y entonces le insinuaba con cortesía que nosotros éramos personas civilizadas, pero que nuestra paciencia y moderación también tenían un límite. Que éramos personas bien educadas, pero no unos primos; no ovejas llevadas al matadero. Eso de que cualquiera pudiera maltratar a los judíos y hacer con ellos lo que se le antojara se había acabado de una vez por todas.

    Entonces, de pronto, el teléfono
    Viridiana Pachecocompartió una citahace 6 meses
    Ese modesto libro fue para mí como la revolución de Copérnico al revés: Copérnico descubrió que nuestro mundo no era el centro del universo, como se había pensado hasta entonces, sino tan solo un planeta más del sistema solar. Mientras que Sherwood Anderson me abrió los ojos para escribir acerca de lo que tenía a mi alrededor. Gracias a él comprendí de pronto que el mundo escrito no depende de Milán ni de Londres, sino que gira siempre alrededor de la mano que escribe en el lugar en el que escribe: donde tú estás, está el centro del universo.
    Viridiana Pachecocompartió una citahace 7 meses
    Quería sentirme libre, librarme de una vez por todas de esos dos enemigos, el cuerpo y el alma. Quería ser una nube. Ser una piedra en la superficie de la luna.
    Viridiana Pachecocompartió una citahace 7 meses
    Había mil años oscuridad entre unos y otros. Incluso entre los tres condenados en una misma celda. E incluso entonces, en Tel Arza, aquella mañana de sábado, cuando mi madre se sentó apoyada en un árbol y mi padre y yo pusimos la cabeza sobre sus piernas, una cabeza en cada pierna, y mi madre nos acarició a los dos, incluso en aquel momento, el más querido de toda mi infancia, mil años oscuridad nos separaban.
    Viridiana Pachecocompartió una citahace 10 meses
    No sabes cuánto echo de menos a Fania, y sobre todo en los últimos tiempos. Me he quedado muy sola en mi pequeño y estrecho mundo. La añoro.
    Saraí Hernándezcompartió una citael año pasado
    cuando mi padre era joven y vivía en Vilna, en todas las paredes de Europa ponía: «Judíos, marchaos a Palestina». Hace unos cincuenta años, cuando mi padre volvió a visitar Europa, las paredes le gritaron: «Judíos, marchaos de Palestina».
    Saraí Hernándezcompartió una citael año pasado
    Recuerdo también a Shalom Ben Baruch y a su mujer, y al señor Yosef Nedava y al señor Ben Zion Netanyahu y sus hijos pequeños; a uno de ellos, cuando yo tenía unos trece años, le di una vez una patada todo lo fuerte que pude, porque estaba siempre gateando debajo de la mesa quitándome los cordones del zapato y tirándome de los pantalones (aún no sé si le di la patada al hermano héroe o al hermano aplicado).
    Saraí Hernándezcompartió una citael año pasado
    Aquí quizás haya un resquicio por donde mirar e imaginar qué escandalizó tanto del Oriente, con sus colores y olores, a mi abuela y tal vez también a otros emigrantes refugiados que llegaron de pueblos grises y otoñales del este de Europa y por qué les impresionó de aquel modo la estremecedora sensualidad del «Levante», hasta el punto de desear construirse un gueto para protegerse de su amenaza
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