La Hija Del Espantapájaros, María Gripe
María Gripe

La Hija Del Espantapájaros

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Michelle Roacho
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Un pez fuera del agua: eso había sido ella en la ciudad; pero ahora volvía a su verdadero elemento.

El mundo de la ciudad había sido como un extraño sueño; un sueño bueno, quizás, para haberlo soñado, pero del que era agradable despertar.
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—¿Cómo se llama? —susurró débilmente.

—Loella.

Cuando, por fin, miró al hombre, él estaba de nuevo en el sitio de Papá Pelerín, con los brazos abiertos, igual que el espantapájaro
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P.D. ¿Cómo está Fredrik Olsson? Aquí te mando un sobre con sellos extranjeros que me han regalado. La próxima vez que tú o tío David vayáis al bosque, ponedlo en el brazo de Papá Pelerín . Fredrik se lo llevará. El me dio a mí muchas cosas, cuando estaba sola. Sabrá que yo se los mando .
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Recordó la última vez que había imitado a un pájaro, en el tejado de su cabaña, para asustar a Agda Lundkvist y a su marido. Pero entonces era un pájaro triste y ahora era uno lleno de felicidad
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Las cosas más importantes suelen suceder cuando ya parece que no queda ninguna esperanza
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Ahora comprendía que las palabras podían ser algo maravilloso. Bien usadas, eran capaces de romper las barreras entre las cosas de la tierra y del alma, y de crear algo más que una simple charla.
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Muchos le demostraban cierto interés; pero ella había nacido desconfiada y era incapaz de aceptar a nadie sin haber tomado antes sus precauciones.
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Cuando uno necesita convencerse de algo y no tiene pruebas suficientes para estar seguro, suele actuar de un modo insensato, como Loella; porque es más fácil creer en algo que también los demás creen. Y como ahora todos creían que las cartas se las mandaba su padre, a ella le parecía más lógico pensar que existía.
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Cuando una frambuesa cuelga en su rama, en el bosque, es redonda y roja; tiene su propia forma y color. Pero cuando alguien la coge y la echa en una cesta, entre cientos más, forma parte del montón, desaparece. La niña, tropezando en el pavimento de la ciudad y saludando a los desconocidos, se sentía como la frambuesa en la cesta.
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Se quedó quieta en el mismo sitio, dándoles la espalda, inmóvil como una estatua que llevara cientos de años en la misma plaza. Como alguien que ha visto y oído muchas cosas en este mundo y conserva su dignidad y sus recuerdos. Y no lo fingía: se sentía de verdad ajena a cuanto sucedía allí. Sus ojos oscuros se perdían, serenos, en un punto lejano.
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Tía Svea era de esa clase de personas que a uno le llegan a gustar a poco que se lo proponga; pero a veces uno no quiere.

Durante algún tiempo, Loella no quiso. No quería sentir afecto por nadie nunca más; pero aprendió a estimar a tía Svea y a considerarla como alguien firme y sincero en medio de la falsedad de este mundo.
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Fuese donde fuese, llevaba con ella el mundo del bosque.
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En la ciudad no había fuego y ella lo echaba de menos. Le parecía imposible vivir sin fuego, sin las llamas vivas que dan luz. Esa luz muerta que salía de las casas, metiéndose en cada grieta, en cada rincón, convertía a la gente en sombras grises y borrosas. Algo que daba miedo.
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—Los padres traen a los niños al mundo, pero yo te he hecho a ti, Papá Pelerín y... ¿sabes?... ahora me hubiera gustado haber tenido la oportunidad de hacer también a mamá.
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La primera noche que pasó en el Hogar de los Niños durmió como nunca. En la ciudad todo era tan terriblemente nuevo y extraño... Sólo durmiendo podía entrar en esta nueva vida.
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Hablar consigo mismo y no con los demás. Es lo que le suele ocurrir a la gente que ha vivido sola sie
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tampoco ignoraba que su carácter era terrible. ¡Pero qué remedio! No conviene ser demasiado blanda cuando una vive sola en el bosque con dos hermanitos que cuidar. Su carácter fuerte le ayudaba a combatir las penas y las dificultades. De repente despedía fuego y azufre... y así ahuyentaba las calamidades. Luego todo marchaba bien de nuevo.
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TÍA Adina vivía con su marido, David, en una casa pequeña cerca del lago. David Pettersson era un anciano poco hablador. En eso no se parecía a su mujer, desde luego. Se ganaba la vida ayudando a los granjeros del pueblo en el campo, durante el verano, y en el bosque, cuando llegaba el invierno. Un trabajo pesado que le proporcionaba lo suficiente para vivir, teniendo en cuenta que sólo eran él y su mujer.
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