José Maria Eça de Queirós

El crimen del Padre Amaro

    Isela Rscompartió una citael año pasado
    Digo la verdad. ¿De qué se trata la educación de un sacerdote? Primo: en prepararlo para el celibato y para la virginidad, es decir, para la supresión violenta de los sentimientos más naturales. Secundo: en evitar cualquier conocimiento y cualquier idea que sea capaz de poner en duda
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    Ahí tiene usted una educación enteramente dominada por el absurdo: resistencia a los más justos impulsos de la naturaleza y resistencia a las más elevadas inclinaciones de la razón. Formar un cura es crear un monstruo que pasara su desgraciada vida en una batalla desesperada contra los dos hechos irresistibles del universo: ¡la fuerza de la materia y la fuerza de la razón!
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    Era una religión amable, enteramente bañada en gracia, en la que una lágrima pura basta para redimir toda una vida de pecado. ¡Qué distinta de la sombría doctrina que desde niña la tenía aterrorizada y estremecida!
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    Lo que tiene que hacer es calmar su conciencia, que reclama penitencia y purificación.
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    Estaba segura de que la santa Virgen la odiaba y de que no dejaba de reclamar contra ella. Inútilmente intentaba ablandarla con un flujo incesante de oraciones humilladas y sentía claramente a la Virgen, inaccesible y desdeñosa, dándole de espaldas. Nunca más aquel divino rostro había vuelto a sonreírle, nunca más aquellas manos se habían abierto para recibir con agrado sus oraciones como ramos de reconciliación. Era un silencio seco, una hostilidad helada de divinidad ofendida. Ella conocía el crédito que Nuestra Señora tiene en los concilios celestiales, desde pequeña se lo habían enseñado: todo lo que ella desea lo obtiene, como una recompensa por su sufrimiento en el calvario, a su derecha su Hijo le sonríe, a la izquierda el Dios Padre le habla… Y comprendía bien que para ella no había salvación… y que alguna cosa terrible se preparaba allá arriba, en el paraíso, que le caería un día sobre el cuerpo y sobre el alma, aplastándola con el estrépito de una catástrofe. ¿Qué sería?
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    Es verdad, es verdad que hay milagros —dijo el abad—. Negar que Dios o la reina de los cielos puedan aparecérsele a una criatura va contra la doctrina de la Iglesia… Negar que el demonio pueda habitar el cuerpo de un hombre sería un error funesto
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    Su existencia de cura era una inclinación humilde que le cansaba el alma; vivía de la obediencia al señor obispo, al cabildo, a los cánones, a la Regla que ni le permitía tener un criterio propio en sus relaciones con el sacristán. Y ahora, al fin, tenía allí a sus pies aquel cuerpo, aquella alma, aquel ser vivo sobre el que reinaba despóticamente. Pasaba los días, por su profesión, alabando, adorando e incensando a Dios. Ahora también él era el Dios de una criatura que lo temía y se le entregaba con devoción puntualmente.
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    Yo no necesito a los curas en el mundo, porque no necesito a Dios en el cielo. Amigo mío, quiero decir que yo tengo mi Dios dentro de mí, esto es, el principio que dirige mis acciones y mis juicios. Vulgarmente: conciencia… Tal vez no lo comprendas bien… El hecho es que estoy acá exponiendo doctrinas subversivas… Y realmente, son las tres…
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    Amigo mío, tú puedes tener socialmente todas las virtudes pero, según la religión de nuestros padres, todas las virtudes que no son católicas son inútiles y perniciosas. Ser trabajador, casto, honrado, justo, honesto, son grandes virtudes pero para los curas y para la Iglesia no valen. Si tú eres un modelo de bondad, pero no vas a misa, no ayunas, no te confiesas, no te descubres ante el señor cura… eres simplemente un desvergonzado.
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    La buena católica, como tu pequeña, no es dueña de sí misma, no tiene razón, ni voluntad, ni albedrío, ni sentir propio. Su cura piensa, quiere, decide, siente por ella. Su único trabajo en este mundo, que es al mismo tiempo su único derecho y su única obligación, es aceptar esa dirección, aceptarla y no discutirla, obedecerla, vaya por donde vaya. Si esa dirección se opone a sus ideas, debe pensar que sus ideas propias son erradas. Si hiere sus inclinaciones, debe pensar que sus inclinaciones no son buenas. Así que, si el cura le dijo a la pequeña que no debía casarse, ni siquiera hablar contigo, la criatura prueba, obedeciéndolo, que es una buena católica, una devota consecuente y que sigue en la vida, lógicamente, la regla moral que ha elegido.
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    Aunque el viento soplaba con fuerza en los campos, parecía que lo seguía el silencio universal. Por momentos la conciencia de su desgracia le rasgaba de golpe el corazón y entonces creía ver todo el paisaje oscilar y la carretera firme se le figuraba blanda como un lodazal.
    Isela Rscompartió una citael año pasado
    ¡Ay, todos los días le daba gracias a Dios por no haberse casado! Que los hijos eran solo para dar trabajo y fatigas y con las molestias que traían y el tiempo que ocupaban, hasta eran motivo para que una mujer descuidase sus prácticas y diese el alma al infierno
    Isela Rscompartió una citael año pasado
    A Dios se le sirve así, no murmurando padrenuestros ¡No hay caridad para los impíos! La Inquisición los combatía con el fuego, no me parece mal combatirlos con el hambre. A quien sirve una causa santa todo le está permitido…
    Isela Rscompartió una citael año pasado
    Un mundo irreligioso había reducido toda la acción sacerdotal a una mezquina influencia sobre almas de beatas… Y era esto lo que lamentaba, aquel menoscabo social de la Iglesia, aquella disminución del poder eclesiástico, limitado a los espíritus, sin derecho sobre el cuerpo, la vida y la riqueza de los hombres… Lo que quería era la autoridad de los tiempos en que la Iglesia era la nación y el párroco el amo temporal del rebaño. ¿Qué le importaba, en su caso, el derecho místico a abrir o cerrar las puertas del cielo? ¡Lo que quería era el antiguo derecho a abrir o cerrar la puerta de las mazmorras! Necesitaba que los escribientes y las Amelias temblasen ante la sombra de su sotana…
    Isela Rscompartió una citael año pasado
    Aquel mísero escribiente podía casarse con la muchacha y poseerla, pero ¿qué era él en comparación con un párroco a quien Dios había confiado el poder supremo de distribuir el cielo y el infierno?… Y se regodeaba en este sentimiento, llenando su espíritu de orgullo sacerdotal. Pero en seguida le sobrevenía la desconsoladora idea de que aquel dominio sólo era válido en la región espiritual de las almas; nunca podría manifestarlo, a través de acciones triunfantes, en plena sociedad. Era un dios dentro de la catedral, pero apenas salía a la calle no era más que un oscuro plebeyo.
    Isela Rscompartió una citael año pasado
    la escuela, en casa, por cualquier nimiedad, le hablaban siempre de los castigos del cielo, de tal modo que Dios se le figuraba como un ser que sólo sabe dar el sufrimiento y la muerte y al que es necesario ablandar rezando y ayunando, oyendo novenas, mimando a los curas. Por eso, si alguna vez al acostarse olvidaba algún salve, hacía penitencia al día siguiente, porque temía que Dios le enviase unas fiebres o la hiciese caer por la escalera.
    Veronica Elizondocompartió una citael año pasado
    —Amigo mío, tú puedes tener socialmente todas las virtudes pero, según la religión de nuestros padres, todas las virtudes que no son católicas son inútiles y perniciosas. Ser trabajador, casto, honrado, justo, honesto, son grandes virtudes pero para los curas y para la Iglesia no valen. Si tú eres un modelo de bondad, pero no vas a misa, no ayunas, no te confiesas, no te descubres ante el señor cura… eres simplemente un desvergonzado. Otros personajes más importantes que tu, cuya alma fue perfecta y cuya norma de vida fue impecable, fueron considerados auténticos canallas porque no habían sido bautizados antes de ser perfectos. Seguramente habrás oído hablar de Sócrates104, de otro llamado Platón105, de Catón106, etcétera. Fueron individuos famosos por sus virtudes. Pues un tal Bossuet107, que es el gran modelo de la doctrina, dijo que de las virtudes de estos hombres el infierno estaba lleno… Esto muestra que la moral católica es diferente de la moral natural y de la moral social… Pero son cosas que tú comprendes mal… ¿Quieres un ejemplo? Yo soy, según la doctrina católica, uno de los mayores sinvergüenzas que se pasean por las calles de la ciudad y mi vecino Peixoto, que mató a su mujer a los golpes y que está acabando por el mismo método con su hijita de diez años, es considerado entre el clero un hombre excelente, porque cumple sus deberes religiosos y toca el figle108 en las misas cantadas. En fin, amigo, estas cosas son así. Y parece que están bien, porque hay miles de personas respetables que las consideran buenas. El Estado las mantiene, incluso gasta una fortuna para mantenerlas, hasta nos obliga a respetarlas… y yo, que estoy aquí hablando, pago todos los años un impuesto para mantener las cosas así. Naturalmente, tú pagas menos…
    Veronica Elizondocompartió una citael año pasado
    —Escucha. Y la muchacha, terminando contigo y obedeciendo las instrucciones del señor cura fulano o mengano, se porta como una buena católica. Es lo que te digo. Toda la vida del buen católico, sus pensamientos, sus ideas, sus sentimientos, sus palabras, el manejo de sus días y de sus noches, sus relaciones de familia y de vecindad, los platos de comidas, su vestuario y sus diversiones…, todo esto está regulado por la autoridad eclesiástica, ya sea abad, obispo o canónigo, aprobado o censurado por el confesor, recomendado y ordenado por el director espiritual. La buena católica, como tu pequeña, no es dueña de sí misma, no tiene razón, ni voluntad, ni albedrío, ni sentir propio. Su cura piensa, quiere, decide, siente por ella. Su único trabajo en este mundo, que es al mismo tiempo su único derecho y su única obligación, es aceptar esa dirección, aceptarla y no discutirla, obedecerla, vaya por donde vaya. Si esa dirección se opone a sus ideas, debe pensar que sus ideas propias son erradas. Si hiere sus inclinaciones, debe pensar que sus inclinaciones no son buenas. Así que, si el cura le dijo a la pequeña que no debía casarse, ni siquiera hablar contigo, la criatura prueba, obedeciéndolo, que es una buena católica, una devota consecuente y que sigue en la vida, lógicamente, la regla moral que ha elegido. Así son las cosas, y perdona el discurso.
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