Libros
Ida Vitale

La ley de Heisenberg

  • Violetta Ruizcompartió una citahace 4 días
    Pero no es sobre el olvido de ciertos nombres que debo detenerme. Este olvido es apenas una consecuencia, pero ¿de qué? Sin duda ahí está el problema, que ha de tener orígenes varios. La historia es un palimpsesto en el que tantas veces, las más, para escribir una frase inútil se borra una breve palabra reveladora.
  • Violetta Ruizcompartió una citahace 11 días
    Recuerdo concretamente un libro que leí y que era misterioso desde el principio hasta el final y que mucho tiempo después supe que era La muerte de los dioses de Merejkovsky, pero en una edición de esas que tienen letra chiquita, que usaba Zig-zag en Chile; le habían arrancado la tapa y la primera hoja y se entraba directamente en materia, yo lo leía sin saber qué era, pero me iba gustando mucho. Supongo que este leer en el trapecio y sin red, del que no salió nada malo, es lo que me hace protestar ante el exceso de andadores que se les ofrece a los jóvenes de hoy. Creo que detrás de eso está la idea de ahorrar tiempo perdido en lectura, cuando lo que deberíamos tratar de ahorrarles es el tiempo perdido en televisión
  • Violetta Ruizcompartió una citahace 11 días
    De pronto se agotó, hasta el punto de llevarme a invadir la mínima del tío médico. Con espanto y fascinación, que quizás me quitó todo gusto por las posteriores películas de horror, devoré un tratado sobre el tétanos que luego me sentí tentada de aprovechar en alguna futura clase de biología. El pálido espanto de la plácida médica que la dictaba se disparó cuando dije lamentar no haber podido traer las láminas que hubiesen ilustrado tan bien mi intervención. Me dijo que bastaba, que ya era suficiente ampliación del programa. Y sospecho que desde ese día trató de mantenerme a raya, como a un vampiro.
  • Violetta Ruizcompartió una citahace 11 días
    mis lecturas tolstoianas repasaban con especial delicia los encuentros entre Alejandro y Napoleón y descubría, como un nuevo saber, las complicadas minucias de la estrategia. Y acumulé datos sobre Kutusov intuyendo que un día me lo iba a encontrar en las clases de historia. En realidad, me lo encontré en un retrato pintado de tamaño natural, en el Hermitage, mientras una inolvidable médica anexa me hablaba de la fotografía del astuto general.
  • Violetta Ruizcompartió una citahace 11 días
    La biblioteca familiar me ofreció a partir de los doce años algunas obras leídas y vueltas a leer como Guerra y paz de Tolstói, en una edición que no suprimía el extenso capítulo de la iniciación masónica de Pedro, excluida, con santa intención, de algunas ediciones españolas de la época. A ese punto retornaba con reverencia, casi como si proviniera de una voz familiar.
  • Violetta Ruizcompartió una citahace 11 días
    Supongo que, aunque el buen lector infantil suele ser más devorador que gourmet, en ese momento empecé a diferenciar y a preferir ciertas lecturas, como las que antes mencioné. Ahora creo que hay una marcada tendencia a adelantarle el trabajo al niño y al adolescente; incluso en ciertas universidades se reduce la cantidad de textos literarios obligatorios para no agobiar. De mi experiencia, es decir, de mis numerosos fracasos, y de las preocupaciones con las que me iré a la tumba, saco otras conclusiones. Si bien entiendo que el restringir campos es una medida para evitar que los estudiosos sean aniquilados, víctimas de agotamiento abarcativo, desde que empecé a orientar mis lecturas me resistí a la reducción, sea esta temática o geográfica.
  • Violetta Ruizcompartió una citahace 11 días
    Con el libro de la Lagerlöf aprendí que el mundo puede ser todo nuestro, en la medida de nuestra curiosidad, y que las fronteras son un artificio que la cultura debe corroer y no ahondar. Entre una y otra lección disimulada corría por el libro el hilo de oro de las fábulas, la inmediata del viaje de Nils por los cielos de Suecia a lomos de un ganso y las que recoge, o vive, cada vez que toca tierra. Su nueva vida lo enfrenta al bien y al mal. Entiende la diferencia entre uno y otro y se aleja del último, peregrinación de aprendizaje de las que hay tantas en la literatura. El viaje de Nils no descubre la muerte, como el de Buda, no desemboca en la vía religiosa, sino en algunas simples y generales virtudes humanas. Los patos salvajes devuelven a su casa a un Nils mejor al que no le es ajeno ni lo humano ni lo diferente de lo humano.
  • Violetta Ruizcompartió una citahace 11 días
    Después de Nils llegó Sherezade, competidora prodigiosa, a pesar de que la edición de Las mil y una noches que me pusieron en las manos estaba expurgada con minucia; y Alicia en el país de las maravillas y, por supuesto, el severo, aleccionador Corazón de Edmondo De Amicis, que no sé si los niños españoles leen (sufren). Y Robinson Crusoe. Y Dickens. Y Stevenson. Me volví codiciosa de libros. Siendo estos últimos que nombré más conocidos, permítanme la fidelidad de detenerme un poquito en las delicias de aquel primero, que tanto trasciende el propósito de Selma Lagerlöf de enseñar geografía a los pequeños suecos.
  • Violetta Ruizcompartió una citahace 11 días
    Los dos primeros años fueron de factura doméstica. Después de la cena, padecía un rápido cursillo que no sé cómo se sostenía sobre mis ganas de irme a dormir. Y cuando al fin me iba a la cama me llevaba a ella una cierta angustia por la conciencia que se me iba formando de que la tía Débora, que se ocupaba de la escuela en sus dos turnos, todavía padecía conmigo un tercero en parte desperdiciado. Durante el día avanzaba con aburrido esmero sobre cuadernos en los que se acumulaban planas, copias, cuentas con muchas consultas a quienes me pasaban cerca. Esta situación anómala, de Robinson que desconoce el mundo del que ha sido sustraído, hizo que, al llegar al fin a la escuela, la adorara.
  • Violetta Ruizcompartió una citahace 11 días
    Recuerdo una muñeca de trapo, ruinosa y adorada que cada tanto alguien extraía de mis alrededores y yo rescataba de los deshechos exigiendo que su triste carita chata y redonda fuera restaurada con colores y con esmero. Recuerdo otra, bellísima, durmiente en lo alto de un ropero a la que muy de tanto en tanto bajaba y contemplaba. Cinco minutos de éxtasis, simple intento de acercarme a lo incomprensible, como un turista ante La Gioconda, volviéndola luego a su empíreo. Pero los libros estaban siempre conmigo.
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