«No puedo dejar que note mi miedo.»
Tanteó la arena, apartó el cadáver del sobrestante y rozó el mango del látigo. El contacto le infundo valor: era un cuero cálido, vivo. Drogon volvió a rugir, con un sonido tan potente que casi le hizo soltar el arma, y chasqueó los dientes hacia ella.
—¡No! —gritó Dany, al tiempo que lo fustigaba con toda la fuerza de que era capaz. El dragón sacudió la cabeza hacia atrás—. ¡No! —gritó de nuevo—. ¡No! —Las púas le arañaron el hocico. Drogon se irguió. Dany, cubierta por la sombra de las alas, azotó el abdomen escamoso, una y otra vez, hasta que empezó a dolerle el brazo. El largo cuello sinuoso se dobló como un arco. Con un silbido, escupió fuego negro hacia ella. Dany se lanzó bajo las llamas mientras blandía el látigo y gritaba—, ¡No, no, no! ¡ABAJO! —El dragón respondió con un rugido cargado de ira y miedo; de dolor. Batió las alas una vez, dos…