Todos los detalles prácticos los dejaba en manos de Evelyn, de Evelyn y Blanche Silcox: desde la importante y complicada cuestión del propio divorcio y los planes inmediatos para las vacaciones de Gavin a los asuntos más simples de la casa. La señorita Malpas se quedaría a cargo de todo. Esta mujer, tan extraña, enigmática y lista, no necesitaba explicaciones, tal como vio Imogen; al menos de ella, ninguna. Era una suerte ahorrarse semejante suplicio en este momento, limitarse a decir: «Me voy a Londres tal día. El señor Gresham vendrá el viernes».
Cuando iba camino de la puerta del salón, sonó el teléfono. Descolgó, cortó la llamada y dejó el auricular descolgado, para que no volviera a sonar.