El valle del dragón, Scarlett Thomas
Scarlett Thomas

El valle del dragón

334 páginas impresas
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El Valle del Dragón es la primera entrega de EL GRAN TEMBLOR, la nueva serie juvenil que cautiva por su ritmo trepidante y su capacidad para crear un mundo imaginario coherente y asombroso. Un emotivo homenaje a la lectura y los libros, con guiños sugerentes a autores considerados clásicos del género, como J. K. Rowling o Roald Dahl.
Un cataclismo de proporciones colosales, ocurrido hace cinco años y recordado como el Gran Temblor, ha acabado con los avances tecnológicos que la humanidad había desarrollado a lo largo de las últimas tres décadas. El planeta ha vuelto al pasado, internet es un recuerdo lejano y nadie sabe ya el significado de palabras como «wifi» o «blog».
En esta nueva realidad se desenvuelve Effie Truelove, una niña de once años muy especial que estudia en el Colegio Tusitala para Dotados, Problemáticos y Raros. A Effie le gusta la escuela, pero cuando su adorado abuelo Griffin sufre un ataque violento, no duda un instante en saltarse las clases para acudir a su lado.
El anciano, agonizante, encarga a su nieta que proteja su biblioteca de la codicia de un tal Leonard Levar, un turbio coleccionista de volúmenes antiguos. Pero cuando éste se hace con ella, Effie se siente obligada a embarcarse en una aventura repleta de peligros: ha de viajar al Altermundo, descifrar el significado de un libro llamado El Valle del Dragón y enfrentarse a los terribles diberi, un grupo secreto cuyos planes maléficos amenazan con destruir el universo.
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Eliseo Sumoya
Eliseo Sumoyacompartió su opiniónel año pasado
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Alicia Borbolla
Alicia Borbollacompartió una citahace 2 meses
Queda poco para que empiece el Toque de Sombra.
Diego Mazacotte
Diego Mazacottecompartió una citahace 8 meses
Si iba a morir, moriría haciendo lo que más le gustaba. Moriría leyendo.
sharonsuguey
sharonsugueycompartió una citael año pasado
—¡Nuestro trabajo es excelente!
—¿Y cuándo llegamos a clase de literatura?
—¡Llegamos a la hora! —siguió coreando la clase, que casi había empezado a relajarse.
—¡No! ¡¿Cuándo llegamos a clase de literatura?!
—¿Cinco minutos antes? —entonaron esta vez.
Si pensáis que es imposible entonar una pregunta, lo único que os puedo decir es que el intento no les salió nada mal.
—Bien. ¿Y qué pasa si flaqueamos?
—¡Que debemos ser más fuertes!
—¿Y qué les pasa a los débiles?
—¡Que se los castiga!
—¿Cómo?
—¡Bajándolos al segundo grupo!
—¿Y qué significa «bajar al segundo grupo»?
—¡Fracasar!
—¿Y qué hay peor que el fracaso?
Entonces la clase vaciló. Durante la última semana habían aprendido todo lo que debían saber sobre el fracaso y lo que significaba bajar de grupo. Los habían machacado con eso de que nunca había que quejarse ni poner excusas, que debían recurrir a sus reservas de fuerza interior más profundas y ocultas —lo cual daba un poco de miedo, pero en realidad resultaba bastante útil para algunos de los niños más problemáticos—, y que no debían llegar sólo a tiempo, sino siempre cinco minutos antes. Algo que, por cierto, es imposible si sales de matemáticas cinco minutos tarde, o si acabas de tener educación física y Wolf y sus amigos del equipo alevín de rugby te han escondido los pantalones en una tubería vieja.
—¿La muerte? —se arriesgó a decir uno de ellos.
—¡Respuesta equivocada!
Todos guardaron silencio. Una mosca zumbó por la sala, aterrizó en el pupitre de Lexy y subió hasta su mano. En la clase de la profesora Beathag Hide rezabas para que ninguna mosca te aterrizara encima, para que ningún rayo de sol iluminara por un momento tu pupitre, para que —¡horror de los horrores!— tu nuevo mensáfono no se pusiera a pitar con un mensaje de tu madre sobre el almuerzo o sobre quién te llevaría a casa. Rezabas para que fuera el pupitre de otro, el mensáfono de otro. Cualquier otro que no fueras tú.
—Eh, niña —señaló la profesora Beathag Hide—. Contesta.
Lexy, como casi todo el que sale de un estado de meditación profundo, sólo fue capaz de mirarla y parpadear. Sabía que aquella mujer increíblemente alta le había preguntado algo, pero... No tenía ni idea de la respuesta, y en realidad tampoco de la pregunta. ¿Le habría preguntado tal vez qué estaba haciendo? Parpadeó de nuevo y dijo lo primero, o más bien lo único, que le vino a la cabeza.
—Nada, profesora.
—¡Excelente! Eso es. No hay nada peor que el fracaso. Pasas a ser la primera de la clase.
Así pues, durante el resto de la hora, Lexy, que sólo aspiraba a que la dejaran en paz, se vio obligada a llevar una estrella dorada prendida del jersey verde del colegio para evidenciar que era la primera de la clase. Y el pobre Maximilian, que ni siquiera recordaba qué era lo que había hecho mal, tuvo que sentarse en un rincón con un capirote que olía a moho y a ratones muertos, porque era un capirote antiguo, auténtico, de cuando los profesores tenían permitido mandarte a un rincón con un capirote.
¿Podían h
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