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Carta de amor de Delmira Agustini a Manuel Ugarte (Lee Stella Galazzi)

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¿Hay algo más triste que casarse sin amor? Digo, hacerlo sin esperanza, con la certeza de estar dando un paso con quien no es ni será. Eso le pasó a la uruguaya Delmira Agustini, voz fundamental de la poesía modernista. Pero le pasaron muchas cosas más. Uno de los testigos de su boda fue el intelectual y diplomático Manuel Ugarte, de quien ella ya estaba enamorada.

Finalmente, en este caso la palabra más propia seria “tristemente”, Delmira se casó con Enrique Job Reyes en 1913 y en menos de dos meses ya estaba viviendo de nuevo en casa de sus padres. Lo hizo pensando todo el tiempo en Manuel. Y esta carta es una prueba de eso.

Manuel le había escrito días después de su boda, quizás reprochando indiferencia, quizás sin saber el tormento que estaba pasando ella. Delmira le contesta con este texto. “Usted, sin saberlo sacudió mi vida”. Vivieron um romance si pero Su vida tuvo un final aún más trágico que su casamiento: fue asesinada por su ex marido de dos tiros en la cabeza. Lee la actriz Stella Galazzi.

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Su carta me ha hecho casi más mal que su silencio. Yo creía que usted me interpretaba mejor. Estoy cierta de no haberle dicho en mi “arabesco literario” una sola cosa que no fuera verdad, y que no fuera, eso sí, más pálida que la verdad. Y lo más raro del caso es que protesto de sus palabras y, en el fondo, tal vez, le doy la razón.

Es que hay sinceridades difíciles. Ese ligerísimo velo artístico era casi necesario. Piense usted que yo debo adivinar y decir. Piense usted que todo lo que yo le he dicho se podría condensar en dos palabras. En dos palabras que pueden ser las más dulces, las más simples, o las más difíciles y dolorosas. Piense usted que esas dos palabras que yo pude en mi conciencia decirle al otro día de conocerle, han debido ahogarse en mis labios ya que no en mi alma.

Para ser absolutamente sincera, yo debí decirlas; yo debí decirle que usted hizo el tormento de mi noche de bodas y de mi absurda luna de miel... Lo que pudo ser, a la larga, una novela humorística, se convirtió en tragedia. Lo que yo sufrí aquella noche no podré decírselo nunca. Entré a la sala como a un sepulcro sin más consuelo que el de pensar que lo vería. Mientras me vestían, pregunté no sé cuántas veces si había llegado. Podría contarle todos mis gestos aquella noche... La única mirada consciente que tuve, el único saludo inoportuno que inicié, fueron para usted. Tuve un relámpago de felicidad.

Me pareció en un momento que usted me miraba y me comprendía. Que su espíritu estaba bien cerca del mío entre toda aquella gente molesta. Después, entre besos y saludos, lo único que yo esperaba era su mano. Lo único que yo deseaba era tenerle cerca un momento. El momento del retrato... y después sufrir; sufrir hasta que me despedí de usted. Y después sufrir más, sufrir lo indecible.

Usted, sin saberlo sacudió mi vida. Yo pude decirle que todo esto era en mí nuevo, terrible y delicioso. Yo no esperaba nada. Yo no podía esperar nada que no fuera amargo de este sentimiento, y la voluptuosidad más fuerte de mi vida ha sido hundirme en él. Yo sabía que usted venía para irse, dejándome la tristeza del recuerdo y nada más. Y Yo prefería eso, y prefiero el sueño de lo que pudo ser, a todas las realidades en que usted no vibre. Yo debí decirle todo eso, y más, para ser absolutamente sincera.

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