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Carta de la filósofa María Zambrano (Lee Muriel Santa Ana)

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María Zambrano fue una de las filósofas españolas más relevantes del siglo XX. Una pensadora a contracorriente discípula de José Ortega y Gasset. Vivió buena parte de su vida en el exilio por su resistencia contra el fascismo y la dictadura del general Franco. Eso la condenó al ostracismo en su país hasta que volvió la democracia. Luego sí fue valorada y premiada. Fue la primera mujer a la que le otorgaron el Premio Cervantes en 1988.

Esta carta forma parte de un bellísimo epistolario de su etapa adolescente. Está dirigida a Gregorio del Campo, que en ese momento era cadete militar en Segovia. “No eres más que un amasijo de ideas”, le había dicho su novio a María, que le respondió con este precioso texto. Lee la actriz Muriel Santa Ana.

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He sentido hace un momento unas ganas muy grandes de escribirte porque me daba cuenta, fuerte y serenamente, de que te quiero y de que estoy para siempre unida a ti. ¡Si tú supieras lo que he cambiado desde que te conozco y te quiero! Para que luego, querido, me digas que no soy más que un amasijo de ideas. Quizá tengas razón, pero entonces había que convenir en que las ideas son la medida de la persona, su razón que la une a la vida y que es su vida.

Mira, dirás que soy rencorosa, pero en esos momentos en que veía con claridad y espontaneidad lo unida que estoy a ti, lo que soy y lo que he evolucionado, en esos instantes, digo, han sonado en mis oídos aquellas trágicas palabras y… yo no sé cómo decirte… Pero no, no quiero hablar nada de eso porque mi orgullo y mi sentido aristocrático de la vida me impide el defenderme de una injuria. Y es más, me molesta decirte cosas buenas, que te hagan recordar aquellas molestas frases y ver su injusticia.

Verdaderamente si a mí alguna vez me procesaran, como no tuviese yo algo que representara para mí más que ningún otro sentimiento mío, sería capaz de dejarme condenar por no defenderme.

Y si vieses con la indiferencia que miro todo y lo apartada de todo que estoy. Me encuentro por completo en tu manera de pensar y de ver la vida; lo noto en cualquier detalle (que son los que revelan la verdad) y en el estado general de mi alma, en las impresiones que me dan las cosas; en fin, en todo. Por eso me indigna el que nosotros mismos, que debemos mirarnos como una sola y misma cosa tengamos esas disputas tan agrias, es gana de fastidiarnos nosotros mismos.

Mira, en verdad te digo que entre nosotros dos no nos debemos ofender y molestar por nada; cuando procedamos mal en algo, eso sí, avisarnos y detenernos, pero serenamente y sobre todo sin enfadarnos el uno contra el otro; eso es lo único, lo verdaderamente malo, lo que puede tener importancia; lo demás con cariño y confianza se resuelve muy fácilmente.

Y pensar, querido, que a estas horas irás solico en tu asiento del tren, hacia tu tierra, hacia tu madre y yo aquí escribiéndote…

Si vieras cómo he sentido tu falta hoy; esta noche, cuando tomaba café después de cenar, qué penica me da! cuánto sentí la falta, tan bien como estuvimos anoche. Y pensaba en cuando le tomemos todas las noches junticos, después de haber trabajado en el día, ya solicos, entregados sólo a querernos, qué bien!... Parece que ya siento la emoción de esas horas llenas de dulzura y de paz, todo estará calladico a nuestro alrededor, y el aire y las cosas todas tendrán un aroma y una expresión de esa calma llena de efluvios de pureza y de felicidad. Mira, será una habitación no muy grande, con mucha luz, pero velada de un tono claro para que nos envuelva y nos recoja mansamente en una atmósfera que nos aísle del mundo; allí estaremos queriéndonos. Y en invierno tendremos una chimenea encendida, verdad? Y todo será muy bonico, muy bonico y nosotros más (Oye: ¿Verdad que me quieres?)

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