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Carta de Roberto Payró sobre las condiciones de viaje de los inmigrantes (Mauricio Dayub)

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Alguna vez, Octavio Paz dijo: "Los mexicanos descienden de los aztecas; los peruanos, de los incas y los argentinos, de los barcos". Ese dicho tiene una razón. Desde 1870 hasta los años de la Primera Guerra Mundial, Argentina recibió un enorme flujo de inmigrantes. Sin embargo, la frase no deja de ser inexacta. Nuestro país es mucho más complejo que esos relatos construidos y está lleno de voces que fueron históricamente silenciadas.

De todas formas y hecha esta aclaración, esta carta es una historia de barcos. Roberto J. Payró fue uno de los grandes creadores del teatro argentino, periodista y escritor. Y uno de los primeros en introducir la idea de cronista de viajes en el país. En esta carta, le cuenta al escritor José León Pagano su experiencia a bordo de un barco. Pero no cualquier barco sino uno en el que se viajaba en condiciones miserables y que trasladaba a inmigrantes europeos que llegaban a la Argentina a principios del siglo XX. Lee el actor y director Mauricio Dayub.




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A bordo del “Pelagus”, 14 de diciembre de 1903

Mi querido amigo:

Mañana, por fin, vamos a desembarcar, con dos días de atraso, y entonces echaré al correo esta primera carta que te escribo, todavía bajo la impresión de terribles emociones.

Mi pasaje de tercera me dio un sitio entre cuatrocientos cincuenta pobres diablos como yo, que llenan el entrepuente convirtiéndolo en una especie de plaza de aldea en día de mercado, pero sin aire, ni luz, ni alegría. Está rebosando de hombres, mujeres, niños, en revuelta confusión, que hablan todos los idiomas, exhalan todos los olores, visten todos los harapos….

No te puedes imaginar lo que una persona medianamente educada, por mucho que sea la amplitud de su espíritu, padece en lo físico y lo moral durante uno de estos viajes dolorosos y deprimentes. Mis compañeros mismos, aunque en su mayoría hechos a la miseria, se sienten rebajados de su dignidad de hombres, y se rebelan instintiva e inconscientemente contra ello, manifestando la protesta con su irritabilidad y mal humor.

Considérame en este hacinamiento humano, entre multitud de mareados que en un principio aumentaban minuto por minuto, con las apreturas, la falta de aire, el hedor, el contagio inevitable por la excitación y luego depresión de los nervios….

En los primeros días, yo no podía estar sino en el puente, echado de bruces sobre la borda, mirando el mar, bebiendo la buena brisa del Océano, hasta que la fatiga me obligaba a ir a acostarme abajo, en aquellas mazmorras de madera, en que las camas parecen oscuros estantes, para mercancías sin valor, desperdicios de humanidad.

Mis pobres compañeros, anónimas reses de aquel rebaño encajonado, sufrían también. Y en medio de la noche, entre ronquidos y respiraciones anhelosas, se escuchaban pasajeros sofocados, ruegos, alguna imprecación y algún lejano juramento.

Roberto J. Payró.
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