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Carta fatalista de César Vallejo (Lee Giovanni Ciccia)

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César Vallejo es el poeta más trascendente que dio el Perú y uno de los grandes innovadores de la poesía del Siglo XX. En 1923, partió hacia Europa y no volvió nunca más a su país.

Durante su estadía en París, al igual que Julio Cortázar, fue un gran cultor del género epistolar. Escribía cartas de todo tipo a allegados, familiares y amigos. Y esos textos nos sirven para conocer profundamente su personalidad.

En este episodio, elegimos una de las cartas que mejor nos aproxima al Vallejo fatalista, al que retrata como pocos la angustia existencial. En este texto, le cuenta a su amigo Pablo Abril de Vivero lo mal que se siente debido a una reciente operación. El poeta del dolor escribe desde el cuarto de un hospital. Como él mismo describió, son “golpes como el odio de Dios”. Lee el actor Giovanni Ciccia.

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Mi querido Pablo:

Parece que la mala suerte sigue empecinada en herirme. Esta carta la escribo desde el hospital de la Charité, Sala Boyer, cama 22, donde acabo de ser operado de una hemorragia intestinal. He sufrido, mi querido amigo, veinte días horribles de dolores físicos y abatimientos espirituales increíbles. Hay, Pablo, en la vida horas de una negrura negra y cerrada a todo consuelo. Hay horas más, acaso, mucho más siniestras y tremendas que la propia tumba. Yo no las he conocido antes. Este hospital me las ha presentado, y no las olvidaré. Ahora, en la convalecencia, lloro a menudo por no importa qué causa cualquiera. Una facilidad infantil para las lágrimas, me tiene saturado de una inmensa piedad por todas las cosas. A Menudo me acuerdo de mi casa, de mis padres y cariños perdidos. Algún día podré morirme, en el transcurso de la azarosa vida que me ha tocado llevar, y entonces, como ahora, me veré solo, huérfano de todo aliento familiar y hasta de todo amor. Pero mi suerte está echada. Estaba escrito. Soy fatalista. Creo que todo está escrito.

Dentro de seis u ocho días más creo que saldré del hospital según dice le médico. En la calle me aguarda la vida, lista, sin duda, a golpearme a su antojo. Adelante. Son cosas que deben seguir su curso natural, y no se puede detenerlas.

He leído la respuesta bondadosa del Sr. Leguía, sobre la beca. Ojalá no me la quiten de las manos. Ya, cuando esté mejor le escribiré al señor Leguía, agradeciéndole. De todas maneras, le ruego, mi querido Pablo, no descuidarse de asegurar la beca.

Desde mi lecho de infortunio, le envío mi abrazo fraternal y agradecido.

César.
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Epistolar
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