Aunque quién sabe no lo sea: me pregunto –de verdad me pregunto– si la calidad del goce hedonista no es inversamente proporcional a su cantidad, si el goce no se disuelve en el tiempo como se disuelven en el agua el gusto y el olor de un saquito de té o, dicho de otro modo, si la intensidad no es, según la noción consagrada, lo opuesto de la duración.
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