Bueno, no llegaba a hincárselos; aunque ganas no le faltaban. En parte por el hambre que pasaba entonces y en parte porque Constance olía a pollo frito de Snuffy’s. Y porque Constance lo adoraba, se derretía como miel caliente. Qué maleable era. Podía hacer con ella lo que quisiera, colocarla como le viniera en gana, que a todo decía que sí. No sólo sí, sino «¡Ay, sí!».
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