Seducción secreta, Cathy Gillen Thacker
Libros
Cathy Gillen Thacker

Seducción secreta

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151 páginas impresas
En Holly Springs se hacen apuestas…

Después de beber muchas margaritas, la “princesa de hielo” Lily Madsen decidió que ya no quería ser una belleza virginal y se apostó con sus amigos que podía seducir a una celebridad de televisión. Pero luego se preguntó si no habría ido demasiado lejos, especialmente cuando Fletcher Hart, el atractivo veterinario del lugar, empezó a interponerse en sus planes.
Cuando Fletcher descubrió el vergonzoso juego de Lily, se sintió obligado a proteger a aquella inocente belleza… hasta que él mismo se vio atrapado en una apuesta escandalosa.
El juego había empezado y tanto Lily como Fletcher estaban decididos a ganar. Pero, ¿hasta dónde estaban dispuestos a llegar en nombre del amor?
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lambqwer
lambqwercompartió una citahace 4 años
CAPÍTULO 1

MIENTRAS el cowboy bajaba de la camioneta, Lily Madsen pensó que aquel hombre de vaqueros ajustados, camisa de algodón y botas era tan atractivo que cortaba la respiración. O la habría cortado si no hubiera sido Fletcher Hart, el más temerario y rebelde de los cinco hijos de Helen Hart, el joven de treinta años con fama de mujeriego que no se comprometía con nadie ni con nada, a excepción de su clínica veterinaria de Holly Springs, en Carolina del Norte.
Lily lo miró fijamente y retomó la conversación que habían dejado en suspenso poco antes, cuando Fletcher la interrumpió en seco para marcharse a una granja cercana, donde tenían una urgencia.
–No lo entiendo. ¿Por qué te haces tanto de rogar? –preguntó ella–. Sólo te pido que me presentes a Carson McRue. Yo me encargaré de lo demás.
Fletcher sonrió con ironía y siguió andando hacia la puerta trasera de la clínica, tan masculino e indómito como siempre.
–Estoy seguro de que te encargarías, pero la respuesta es la misma. No.
Atrapada entre un sentimiento de rencor, enfado y algo más que no fue capaz de identificar, Lily lo siguió al interior del edificio, perfectamente consciente de que, a diferencia de la clínica, que olía a antiséptico, Fletcher olía como si se hubiera estado revolcando en un corral. Y por las manchas de sudor de su camisa y el barro que tenía por todas partes, era bastante posible.
Ajeno al interés de Lily, Fletcher entró en una habitación de paredes de cristal. Al otro lado de la mampara que dividía la habitación había un montón de perros y gatos metidos en jaulas de metal; se estaban recuperando de enfermedades y operaciones y se dedicaban a dormir o a descansar. En su lado, había otra jaula grande con un perro que no parecía haber pasado por cirugía.
Fletcher se puso en cuclillas junto a la jaula y echó un vistazo al animal. Para frustración de Lily, parecía más interesado en el perro que en lo que ella le estaba diciendo. Pero Lily no se dejó intimidar y habló con toda la autoridad que pudo, teniendo en cuenta que Fletcher le sacaba cinco años de edad.
–¿Se puede saber por qué te opones a que conozca a ese hombre?
Fletcher dio una palmadita al can, un labrador que lo miró con ojos grandes y tristes, y se giró hacia ella.
–Porque es un egoísta, Lily. Una estrella de televisión que sólo se quiere a sí mismo y que no se preocupa por nadie.
Lily resopló y se cruzó de brazos, haciendo un esfuerzo por no admirar su cabello castaño y sus ojos marrones. Fletcher tenía tal seguridad en sí mismo que cualquiera habría pensado que él era la estrella de televisión, y no un simple veterinario local que siempre llevaba el pelo más largo de la cuenta.
Sin embargo, se dijo que por muy besables que resultaran sus labios y por muy bellos que fueran sus pómulos altos, su nariz recta y sus rasgos como esculpidos en piedra, eso no significaba que tuviera que caer rendida a sus pies. Ni eso ni su metro ochenta y cinco de altura, sus hombros anchos, su pecho asombrosamente firme, su cadera estrecha y sus largas y fuertes piernas.
–Hablas por hablar, Fletcher. No sabes cómo es –declaró a la defensiva–. El simple hecho de que sea rico y famoso no quiere decir que…
Fletcher no le hizo caso. Se dirigió a la escalera que llevaba a su apartamento y se empezó a desabrochar la camisa por el camino, con Lily pegada a sus talones.
–Déjate de tonterías, Lily. Sé lo que ocurre.
–Yo…
Él se detuvo en lo alto de la escalera y se quitó finalmente la camisa, dejando a Lily ante una visión mareante de una piel de aspecto suave, unos músculos abdominales magníficamente definidos y un ombligo de lo más sexy. Con gran esfuerzo, apartó la vista de sus constreñidos pantalones y de su cinturón. No quería caer en la tentación de bajar la mirada para atisbar lo que se escondía bajo la bragueta.
–Sé que has hecho una apuesta con tus amigas. Todo el mundo lo sabe.
Lily se ruborizó y se maldijo para sus adentros por haber sido tan charlatana la semana anterior, durante la fiesta de su cumpleaños. Pero no habría hablado en exceso si no se hubiera tomado dos margaritas con las enchiladas que le sirvieron. El alcohol se le subía a la cabeza sistemáticamente porque bebía muy poco; en general, lo único alcohólico que tomaba eran los pastelillos borrachos que su abuela, Rose, preparaba en Nochebuena.
–¿Quién te ha dicho que…?
–¿Que prometiste que cuando Carson McRue se vaya en su avión privado, tú irás con él? –la interrumpió con ironía.
–Sí, eso –admitió, avergonzada.
–Veamos… ¿quién fue…? –dijo con humor–. Ah, sí, me lo contó Janey, mi hermana. Y Emma, la esposa de Joe, mi hermano. Y Hannah Reid, la del taller mecánico. Y Susan Hart, mi prima. Y todos los que te oyeron jurar, para empeorarlo todo, que conseguirías una cita con ese imbécil en menos de una semana.
Lily no lo pudo negar. Era cierto. Pero, afortunadamente, Fletcher no parecía saber que lo había dicho porque estaba borracha.
–Carson McRue no es un imbécil. Ni un egoísta.
Fletcher volvió a sonreír con sarcasmo.
–¿Y tú cómo lo sabes? –la desafió.
Él abrió la puerta de su piso, pasó por delante del salón y del dormitorio y entró en el cuarto de baño, que estaba al fondo.
Lily podía optar entre seguirlo o quedarse donde estaba. Como sabía lo que Fletcher habría preferido, hizo exactamente lo contrario.
Nerviosa, se apoyó en la pared del pasillo, justo enfrente de la puerta abierta del baño, y se puso a hablar con naturalidad absoluta, como si fuera lo más normal del mundo, como si mantuviera una relación íntima con un hombre al que, en realidad, apenas conocía.
–Lo sé porque veo su programa semanal desde hace cinco años –respondió.
El programa de Carson McRue era una serie cómica que le había alegrado la vida muchas veces, tanto en casa como en las salas de espera y en las habitaciones de los hospitales. Era perfecto para olvidar los problemas. Y en ese momento, Lily necesitaba olvidar sus problemas. Porque si ganaba la apuesta que había hecho con sus amigas, éstas le pagarían un día en el balneario; pero si la perdía, lo iba a pasar francamente mal.
Por suerte, Fletcher tampoco parecía saber lo que había apostado. Si lo hubiera sabido, se habría burlado de ella.
–Carson McRue es un actor que interpreta un personaje, Lily. Lo que ves en su programa de televisión no es más que una interpretación más o menos pasable.
–Lo sé –se defendió ella, irritada–, pero nadie podría interpretar un personaje tan maravilloso sin ser una persona maravillosa.
Él arqueó una ceja.
–¿Tú crees? –se burló–. Yo no estaría tan seguro. Aunque por otro lado, eso es lo de menos. Te pongas como te pongas, no te lo voy a presentar.
A continuación, Fletcher se empezó a quitar los pantalones para meterse en la ducha. Lily cerró los ojos e intentó mantener la calma.
–¿Por qué no? Él y el resto de su equipo van a venir mañana… Y tú eres la única persona del pueblo que lo conoce.
Mientras se enjabonaba, Fletcher dijo:
–Ni siquiera se puede decir que lo conozca. McRue necesitaba un caballo para montar y se lo he proporcionado, pero no nos hemos visto en persona. Toda la negociación se llevó a cabo por teléfono y videoconferencia –explicó.
Lily insistió de todas formas.
–Pero vas a trabajar en el rodaje, ¿verdad?
Fletcher se secó y salió al pasillo, donde Lily tuvo que hacer un esfuerzo por abrir los ojos. La estaba mirando con expresión impertérrita, pero también con cierto fondo de curiosidad. Se había puesto una toalla alrededor de la cintura y se estaba secando el cabello con otra.
–Sí, eso es cierto.
–Y les vas a asesorar con los animales…
Fletcher se encogió de hombros.
–Lo de ser asesor no es más que una tontería sin importancia, Lily. He aceptado porque pagan bien, pero no tendré que hacer nada. A menos, por supuesto, que tengan algún problema con los animales que utilicen durante el rodaje… y por lo que sé hasta ahora, el único animal que van a usar es el caballo que Carson McRue montará para perseguir a los malos.
–Bueno, qué más da eso –declaró, enfurruñada–. La cuestión es que van a estar una semana, que tú tienes un contacto directo con ellos y que yo he hecho una apuesta.
Fletcher la miró a los ojos con seriedad.
–Una apuesta de la que saldrás mal parada. Te lo garantizo.
Lily se puso tensa y deseó que se vistiera. No veía nada que no hubiera visto si hubieran estado en una piscina, nadando; pero una y otra vez se preguntaba si lo que ocultaba la toalla sería tan majestuoso como lo que no ocultaba.
Sin embargo, se dijo que no habría podido opinar en ningún caso. Como sólo había visto hombres desnudos en las películas, no tenía con quién comparar.
–Eso no lo puedes saber.
–¿Ah, no?
Fletcher apoyó una mano en la pared y se inclinó hacia delante, invadiendo deliberadamente su espacio.
–Te resumiré el asunto por si no lo tienes claro –continuó él–. Eres una joven de campo que no ha salido nunca de Holly Springs, salvo para estudiar medio año en la Universidad de Winston Salem, de donde volviste para terminar la carrera en Carolina del Norte. Y sin embargo, esa jovencita sin experiencia pretende ligar con un mujeriego de Hollywood que ha roto corazones por todo el mundo.
El comentario de Fletcher le molestó. No le agradaba que le recordaran su falta de experiencia amorosa.
–En primer lugar, yo no quería estudiar ni quedarme a vivir en
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