Leila Slimani

En el jardín del ogro

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    Hasta el momento, Richard siempre ha huido de los grupos. Nunca ha tenido un instinto gregario. En la Facultad de Medicina se mantenía apartado de los demás estudiantes.
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    Le horrorizaba esa complicidad de los hombres, facilona y superficial, que gira siempre en torno a la conquista de las mujeres.
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    No se imagina pasar esta noche sin ella. No quiere creer que ya no vuelva.
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    Hace apuestas consigo mismo, como cuando era pequeño. Promete. Jura que si ella regresa, todo será diferente. Ya no la dejará sola. Romperá el silencio que reina en la casa. La atraerá hacia él, le contará todo y luego la escuchará. No guardará rencor ni se lamentará. Hará como que no se ha enterado. Dirá, sonriente: «¿Perdiste el tren?», y luego le hablará de otra cosa y todo quedará olvidado.
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    Nunca la toca pero se sabe de memoria su cuerpo. La observa fijamente cada día. Las rodillas, los codos, los tobillos.
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    La desea pero oye las idas y venidas de los hombres que han pasado por ella, y que le ponen enfermo, le obsesionan. Ese vaivén que no cesa, que no conduce a ningún lugar, esas pieles que estallan, muslos flácidos, miradas desencajadas.
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    No traicionas a quien te ha perdonado.
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    No. No se acaba. El amor solo es paciencia. Una paciencia devota, ferviente, tirana. Una paciencia optimista contra toda razón.
    No hemos acabado.
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    No teme a los hombres sino a la soledad. No estar bajo la mirada de nadie, ser una desconocida, anónima, ser una más entre la muchedumbre.
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    El día en que se marchaban, lanzaron una mirada sin nostalgia a la casa.
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    —La noche en que él descubrió todo, dormí muy bien. Fue un sueño profundo y reparador. Cuando me desperté, por mucho que la casa pareciese devastada y notase el odio de Richard, me invadía una alegría extraña, incluso sentía excitación.
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    Richard jamás dio importancia al sexo. Incluso de joven, para él solo era un placer relativo. Siempre se aburría un poco con ese ejercicio. Le parecía demasiado largo. Se sentía incapaz de fingir pasión e, ingenuamente, creía que Adèle estaba aliviada con la tibieza de su deseo.
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    Elogia los placeres modestos, las alegrías de la vida cotidiana.
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    Las personas insatisfechas destruyen lo que las rodea.
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    La crueldad de los que se saben queridos.
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    De pequeña, fue un peso para su madre, luego pasó a ser una rival sin que hubiera tiempo para el cariño, la dulzura, las explicaciones.
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    Quiere, más que nada en el mundo, volver a ver las colinas, las casas y sus entramados negros, la soledad inmensa, a Lucien y a Richard. Llora, con la mejilla pegada a las baldosas que huelen a orines. Llora por ser incapaz de todo eso.
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    Ahora, Richard y Lucien no son más que recuerdos vagos, imposibles, que ve cómo se desvanecen poco a poco y luego desaparecen.
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    Camina lento, como inseguro. Por la noche, sueña que corre. Unos sueños terribles.
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    Le gustaría que se fueran los invitados, quedarse ellos dos solos en el frescor de la noche. Que incluso en silencio, incluso enojados, se acabaran la botella de vino que está sobre la mesa. Y que se subieran, juntos, a acostarse.
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