Celeste Ng

Pequeños fuegos por todas partes

    Ale Gachuzcompartió una citael mes pasado
    Su hija pequeña siempre la había sacado de quicio, aun antes de que naciera, y en ese instante, la señora Richardson se dio cuenta de que detrás de todos sus enfados estaba el miedo a perderla. Acababa de ocurrir lo que siempre había temido. De la garganta le brotó un gemido agudo, como un cuchillo.
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    Observó la calle. Todas las casas parecían iguales, pero dentro habría toda clase de gente: algunos vecinos serían felices; otros, por el contrario, se refugiarían allí de algo, o acaso se estuviesen preparando para salir al mundo en busca de una vida mejor. Detrás de esas puertas transcurrían tantas vidas de las que nunca llegaría a saber nada.
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    Primero Pittsburgh y luego Nueva York: el pasado de Mia, pero el futuro de Izzy. De algún modo la conducirían hasta ella.

    Ay

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    Había una fotografía para cada miembro de la familia. Mia las había apilado todas con esmero, y la señora Richardson las fue dejando alineadas encima de la mesa. En parte retratos, en parte deseos, cada uno supo al instante cuál le correspondía, como si reconociera su rostro. Los demás no le verían nada especial a la foto, pero para esa persona revestía un significado particular, sorprendentemente íntimo: mirarla era como ver de pronto su cuerpo desnudo reflejado en un espejo.
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    Recordó lo que Mia le había dicho la última vez que se habían visto, las palabras que resonaban en su pensamiento desde entonces, que a veces es necesario empezar desde cero. «Tierra quemada», había dicho, y entonces Izzy supo lo que tenía que hacer.

    OMG

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    La pequeña de los Richardson no paraba de pensar en lo injusto, lo atrozmente injusto que era todo. Por fin, después de tantos años, Mia y Pearl habían encontrado un hogar, y ahora las obligaban a marcharse. A esas dos personas, las más bondadosas, honestas y sinceras que conocía, su familia las había echado de Shaker Heights.
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    Algunas fotos pertenecen al fotógrafo –explicó Mia–, y otras al retratado
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    Olor a hogar, pensó de pronto, como si el hogar nunca
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    irían surgiendo poco a poco y siempre repentinamente, a raíz de algo en apariencia insignificante, como suele ocurrir con los recuerdos.
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    Si el alma pudiera dejar el cuerpo, pensó, ese es el ruido que haría: como el chirrido de un clavo que se saca de la madera vieja.
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    Cómo sois los tíos. Os creéis que todo se reduce a las hormonas. Las hormonas y la regla. Si la tuvieseis vosotros, os pasaríais el día acurrucados en el suelo por los calambres.
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    Cuando estaba con Pearl, el mundo parecía más vasto e interesante; Trip, por su parte, la hacía sentirse más segura y en contacto con la realidad.
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    Pero lo malo de las reglas era que no admitían matices, porque presuponían que había una manera justa y otra injusta de actuar.
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    Casi dos décadas después se planteó de nuevo esta cuestión, se habló de los libros como espejos y como ventanas, y Ed Lim, cansado para entonces, se sintió tan frustrado como agradecido. «Siempre lo hemos sabido, pensó; ¿por qué hemos tardado tanto en reconocerlo?»
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    «Así es la vida», se decía, pero ¡cuánto le costaba aceptarlo! Los abrazos esporádicos, la cabeza de Pearl recostada momentáneamente en su hombro: tenía que conformarse con eso, cuando lo que más deseaba era apretar a su hija contra ella con tanta fuerza que los dos cuerpos se fundieran y ya nunca pudieran separarse.
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    Es más: nunca había sentido, al tocar a alguien, ese calor, esa tensión eléctrica que produce el contacto con otra persona. La única sensación parecida se la había deparado el arte… y Pearl, por supuesto.
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    Esto siempre lo recordarás con tristeza –dijo Mia en voz baja–, lo que no quiere decir que hayas tomado la decisión equivocada. Es un peso que tendrás que llevar, nada más.
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    Mia encontró otra nota sujeta con un clip a una tarjeta de presentación: «Anita venderá estas fotos por ti cuando necesites dinero. Envíale las tuyas cuando estés lista. Ya le he hablado de ti. P.».

    Ooooh

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    Desde la primera clase estaban, en efecto, convencidos de que Pauline era uno de los «dragones», como llamaban a los profesores más temibles, los que disfrutaban poniendo en evidencia a los alumnos, porque creían que la mejor manera de espabilarlos era criticar despiadadamente su trabajo.
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    con cada desgracia llegaba la dolorosa conciencia de que una llama de vida había ardido en su interior y luego se había apagado, no sabía bien por qué.
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