Solterona, Kate Bolick
Kate Bolick

Solterona

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Kate Bolick creció pensando que acabaría casándose. Incluso tenía una fecha límite para hacerlo: los treinta años. Se concedió hasta entonces para estudiar, experimentar y decidir qué hacer con su vida profesional. Sin embargo, cuando llegó a la treintena ese deseo de casarse se había evaporado. Una nueva década cargada de ambiciones se abría ante ella. Y el matrimonio se convertía en una molestia. K. Bolick no ha escrito un libro de autoayuda ni una guía inspiracional. A través de su mirada y de su experiencia consigue explicar cómo la literatura de Edna St.Vincent Millay, Maeve Brennan, Edith Wharthon, Neith Boyce y Charlotte Perkins Gillman la ayudaron a apasionarse, a no buscar en los demás sino en ella misma, a vivir como una mujer que no necesita de nadie para construir su identidad.
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Delicioso

Elizabeth Prudencio
Elizabeth Prudencio compartió su opiniónhace 3 meses
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Mapús
Mapúscompartió su opiniónhace 5 meses
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Aunque vivo felizmente en pareja, muchos de los deseos de solterona prevalecen en mi.

Con quién casarse y cuándo: estas dos preguntas definen la existencia de toda mujer, con independencia de dónde se haya criado o de qué religión practique o deje de practicar. Quizá al final le gusten las mujeres en lugar de los hombres o quizá decida, lisa y llanamente, que no cree en el matrimonio. Da igual. Estas disyuntivas determinan su vida hasta que obtienen respuesta, aunque sea con un «nadie» y un «nunca».
Esli Cancino
Esli Cancinocompartió una citahace 5 meses
Naces, creces, te casas.
Retrasas tus ambiciones, crías a tu familia, el cáncer te golpea a la mitad de tu vida.
Estaba convencida: tenía que vivir por mis propias aspiraciones, pero también por las suyas.

Si tienes suerte, tu hogar no es sólo el lugar del que te vas, sino también un lugar al que un día llegas. A veces me gustaría no haberme ido nunca de Newburyport o al menos haberme quedado un poco más. Desde luego, aquélla fue la última vez que sentí que estaba en un hogar tal y como yo lo concebía, en un lugar donde cada taza de té y cada silla daban pie a la conversación constante que había sido la relación con mi madre, una conversación que pronto se desvanecería en un susurro y luego amenazaría con desaparecer del todo. A la crítica literaria que hay en mí le molesta su papel en este libro tanto como me molestaría un giro argumental hacia el sentimentalismo en una película. Todos hemos tenido madre; pocos queremos perderla. Ojalá mis vivencias trascendieran esta llamada tan obvia a su compasión como lectores y yo fuera una escritora distinta, pero no puedo borrar el hecho de que mi vida adulta comenzó aquella mañana de mayo en la que mi madre respiró por última vez.
Es complicado saber qué es más agotador: si la pura arbitrariedad de estar segura de que el gran amor puede aparecer en cualquier momento y lugar y cambiarte el destino en un instante (¡nunca se sabe quién puede aparecer al doblar la esquina!) o los esfuerzos de mantenimiento (manicura, ahuecado de raíces, ingles brasileñas, tratamientos faciales) que garantizan que estarás madura para la cosecha cuando llegue el momento.
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