Alexandra Risley

Un verano en Chatsworth

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    Ivanna Peñaloza Acevedocompartió una citahace 4 años
    La joven se estremeció cuando una corriente de aire frío entró por la ventana, ocupando el espacio entre los dos.
    De pronto lo sentía lejano.
    Juzgó su pensamiento como ridículo y se burló de sí misma. Se despidió de su amado agitando la mano y cruzó la puerta con sigilo, sin adivinar que el hombre al que estaba dejando en aquel dormitorio se estaba despidiendo de ella.
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    —Convertiste el dolor en tu propia cura —sonrió—. Para eso se requiere valentía.
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    —No me digas que… —Sinclair interrumpió sus cavilaciones con una risotada escéptica—. No pensarás contaminarla con tus cortejos, ¿verdad, Seymour? —Gabriel le miró furioso—. Ni siquiera lo pienses, grandísimo idiota. Es demasiado buena para ti.
    —Lo sé. Pero aun puedo matarte si te le acercas tú.
    —No puedes evitar que yo la pretenda. Le convendría desde todo punto de vista si pusiera mis ojos sobre ella —Gabriel taladró con la mirada a su odioso compañero de regata—. Podría hacer que la admitieran en Trinity College. ¿No es eso lo que ella tanto desea?
    El otro resopló, divertido.
    —¿Quieres que ella te tome en serio o que te deba un favor? Eres patético.
    —Me tiene sin cuidado lo que creas.
    —Estoy hablando en serio, Sinclair. No la molestes o no tendré compasión contigo.
    —Sí, sé que eres bueno con los puños —masculló el rubio con desprecio—, pero yo soy bueno con la pistola. No sería el primer duelo clandestino en Chatsworth. ¿Conoces la historia del conde de Windham y su esposita ligera de cascos?
    Gabriel achicó los ojos, lanzando una dura mirada a su oponente.
    —Ojalá fueras capaz de cumplir la mitad de tus amenazas, zoquete.
    —Cumpliré esta si insistes en atravesarte entre la señorita Thorton y yo.
    —¿Cómo es que un día la desprecias y al otro te encaprichas con ella? ¿No la llamaste «arribista» no bien supiste que venía a Chatsworth?
    Sinclair elevó el mentón, orgulloso.
    —Eso fue antes de conocerla mejor. De hecho, me parece una joven de lo más atractiva e inteligente. Dos cualidades que difícilmente coinciden en una mujer. Creo que sería la digna esposa de un médico. ¿No te parece?
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    —¿Cómo dice?
    —¿Qué otra impresión le causé la primera vez que me vio?
    Él tragó saliva.
    —Pensé que el verdadero motivo de su venida a Chatsworth era simplemente… hallar un marido aristócrata. Creí que fingía interés en el tema para cazar a un científico renombrado, a un lord, o como hizo su amiga… a un duque.
    Ella abrió los ojos como platos al escuchar aquella clara y ofensiva alusión a Devonshire.
    Devonshire, un hombre casado, con hijos y la edad suficiente para ser su padre.
    —Lo siento —balbució el muchacho—, ahora no me…
    —¿Cómo se atreve? —Rugió con la garganta constreñida por la ira y la amenaza las lágrimas anegando sus ojos—. ¿Por qué me hace esto? ¿Qué es lo que le he hecho? Si me cree tan inferior, ¿por qué no me ignora? ¿Por qué simplemente no se olvida de que existo?
    El brillo en sus ojos verdes fue extraño, pero Fanny no se detuvo a pensar en eso. Hervía de indignación y furia.
    —Oh. Maldición —le susurró él—. No llores, te lo ruego. No ha sido mi intención ofenderte. Tú me has preguntado y yo… No debí decir eso.
    —Está bien —sollozó—. Usted gana. Me iré mañana de Derbyshire.
    Ahora eran los ojos de lord Everett los que se abrían con la fiereza de su asombro.
    —¡No! No te irás de aquí… Maldita sea, Fanny.
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    —Escúcheme —dijo él con solemnidad—. Como le he dicho al principio, creo haberla juzgado muy duramente. No pretendo poner en tela de juicio su idoneidad para practicar la medicina. Si le hice creer eso, me retracto.
    —Fue usted muy convincente en el invernadero. «La medicina es cosa de hombres», ¿no es verdad?
    Ivanna Peñaloza Acevedocompartió una citahace 4 años
    Admito que su llegada a Chatsworth me ofendió, porque además de ayudar al viejo marqués de Piggott a desobstruir el conducto respiratorio no vi ningún mérito en su persona. Yo fui el mejor alumno de todo mi college y le aseguro que nadie me ayudó a alcanzar esa distinción. Todo lo que logrado ha sido a pulso y a contracorriente. Esta decisión de vida me ha costado la relación que tenía con mi familia y quizá también mi herencia. Le aseguro que cada estudiante que ha venido…
    —Lo siento mucho —le interrumpió ella—, pero su situación de vida y todo el sacrificio que ha hecho para llegar adonde está no lo convierte en juez de…
    —La invitación a Chatsworth House… y todo lo que implica es un privilegio sagrado, señorita Thorton. ¡Igual que la admisión en Cambridge!
    —Lo de lord Piggott fue un golpe de suerte, es cierto —asintió apretando los dientes—. Pero yo me he esforzado por aprender tanto como usted. He trabajado por dos años, solo Dios sabe cuánto. ¿Y para qué? Usted al menos consiguió lo que quería, ¡es un distinguido graduado de Cambridge! Yo en cambio —hizo una pausa en la que vio venir las lágrimas, pero se esforzó desesperadamente en hacerlas retroceder—. Si no me han admitido en ninguna universidad es solo por el hecho de que soy mujer. ¡Eso no lo podré cambiar nunca!
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    Sospecho que no está disfrutando mucho su estadía en Derbyshire.
    —¿Qué le hace pensar eso? Si no he hecho más que recibir el calor y la amistad de todos los invitados. Ya me siento como en casa, de hecho.
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    —¿Desde hace cuánto que lo conoces?
    —¿A quién?
    —Al doctor Seymour —le sonrió con picardía. Lo único que le faltaba—. Es evidente que lo habías visto antes de venir a Chatsworth.
    —En Devonshire House.
    —Es muy atractivo. Es el hombre más atractivo del lugar. Claro, después de Everett, quien, vale señalarlo, parece haber cambiado drásticamente su actitud hacia ti.
    —Que imaginativa eres.
    —¡Quién sabe! Pero algo me dice que podrías terminar el verano con una plaza para la universidad y un marido.
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    —La sensibilidad y delicadeza femenina no convienen en el trabajo de un médico, señorita Thorton. Se equivoca si piensa que el asunto se reduce a abrir a un cristiano, sacarle un tumor que le causa dolencias y enviarlo a casa, o en prescribirle el medicamento adecuado para cada síntoma. Incluso para un hombre es tremendamente difícil decidir cuándo amputar un miembro y conseguir que no le tiemble el pulso al hacerlo. Tener una puñetera vida en las manos y saber qué hacer sin dejarse abrumar por sentimentalismos es… ¡es cosa de hombres!
    —¡Por supuesto que no!
    Fanny se volvió para encararlo, pero lo hizo tan bruscamente que el cuerpo de lord Everett colisionó contra el suyo; ella terminó con el rostro pegado al cuello de su chaqueta deportiva. El joven aristócrata no se apartó. Fanny elevó el rostro y descubrió en aquellos ojos verdes un brillo inesperado, más cálido de lo que anticipaba.
    Puso distancia de inmediato.
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    Acercó su rostro a una curiosa flor para inhalar el perfume, penetrante y dulzón, con un delicado aspaviento. Pero el aroma resultó una invasión poco tolerable para su mucosa nasal. El resultado fue un par de estornudos. Cuando recuperó el control de sí misma, tenía ante ella un prístino pañuelo que lord Everett le tendía. Lo tomó y le agradeció a regañadientes.
    —En mi profesión, cuando una mujer muestra interés en el funcionamiento del cuerpo humano, decimos que solo desea aprender a evitar embarazos y practicarse abortos.
    —¡Parece algo inventado por alguien tan horrible como usted! —gruñó.
    Lord Everett rio, quizá porque había logrado su cometido de provocarla.
    Para entonces, unas cuantas miradas curiosas habían captado el insólito intercambio entre ellos.
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    ¡Ay, Dios! ¡Casi lo olvido! —extrajo un sobre color crema del bolsillo de su falda con un aspaviento—. Un mensajero trajo esto para ti esta mañana.
    Fanny frunció el ceño, pero tomó el objeto en el acto. La abertura estaba sellada con una gota de lacre y un aristocrático escudo había sido impreso en ella. Dedicó un segundo a imaginar qué clase de noticias podía contener aquel sobre, pero ninguna respuesta lo bastante coherente acudió a su mente.
    Entonces la creciente curiosidad y la ansiedad que la asaltaban cada vez que recibía correspondencia se hicieron presentes. Optó por destrozar el sobre de papel repujado en un abrir y cerrar de ojos. Era una nota breve, y su mensaje, contundente.
    Fanny sintió las piernas flaquear cuando aquellas líneas calaron en su mente:
    Me complace informarle que está usted cordialmente invitada a nuestro retiro intelectual anual en Chatsworth House.
    William Cavendish
    Séptimo duque de Devonshire
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    —Parece que le interesa la salud —observó luego.
    Fanny se mordió el labio inferior, y por alguna razón le resultó sencillo confiarle sus aspiraciones a aquel agradable viejo.
    —Sí. De hecho quiero ser doctora, lord Piggott.
    —Una mujer doctora —repitió él con una mezcla de asombro y alborozo—. Desde luego sería un avance ver su rostro luminoso en mi reconocimiento mensual y no el de mi médico, que es más feo que un remordimiento.
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    El baile se le había antojado un espacio de tiempo pesado y carente de diversión. Su mente tozuda se enfocaba, a su pesar, en el breve intercambio que había mantenido con Gabriel Seymour. Su omisión, su frialdad, su mirada desprovista de reconocimiento o simpatía, le habían causado una profunda decepción, y quizá algo más. Algo que no estaba dispuesta a admitir del todo.
    Se odió al reconocer que había soñado con aquel encuentro, que había deseado volver a verlo. Ella le habría preguntado cómo estaba y le habría reñido por no haber regresado al consultorio… y él le habría presentado una excusa de lo más convincente. Fanny le habría disculpado y entonces él la habría invitado a bailar.
    La realidad no podía parecerle más desagradable.
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    —Es un vulgar rumor —Durrington hizo una mueca de disgusto—. No estás haciendo honores a tu profesión, Radford.
    —Te aseguro que sucedió. He hablado con gente que estuvo allí…
    —Dejen de abrumar a la dama, por el amor de Dios.
    Radford se volvió cuando una voz grave y punzante llegó desde sus espaldas. Fanny reaccionó al sonido con un ligerísimo respingo, una extraña sensación de reconocimiento que la envolvió y puso a su corazón a latir con un persistente staccato.
    Se abrió paso un caballero alto, de cabello negro como el carbón y ojos tan azules como el mar gélido de invierno.
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    —Harmony, estoy tan harta de recibir rechazos…
    —¿No fue Shakespeare el que dijo «No es digno del panal de miel aquel que evita la colmena porque las abejas tienen aguijones»?
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    —La semana próxima nos iremos a Sudeley a pasar el verano —hablaba del mítico castillo solariego de los Sawyer en Winchcombe, Gloucestershire—. Extraño tanto a Corine, a Martin y al abuelo… ¿Crees que podrías acompañarnos?
    —No tengo planes para el verano —se encogió de hombros.
    —Me aseguraré de que Devlin invite a sus amigos solteros e intelectuales más guapos a pasar una temporada con nosotros —esbozó una pequeña sonrisa conspiradora—. ¿Qué tal un biólogo? ¿O un talentoso científico de la Real Sociedad? Para ti estarían mejor que un diputado conservador. ¿Qué opinas?
    —Si estás buscando un nuevo pasatiempo como casamentera —rio ella—, te ruego que no lo intentes conmigo.
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    Comenzó a recoger los instrumentos y a poner un poco de orden. Seguro que Travis estaría orgulloso de su labor por la mañana.
    Justo cuando apagaba la última lámpara escuchó un ruido afuera. Pisadas y jadeos de esfuerzo. Intrigada, se asomó por la puerta y vio a Tim, el cochero de su familia, intentando arrastrar a un hombre por la estrecha sala de espera. Fanny entrecerró los ojos, rogando al cielo para que no fuera uno de esos casos a los que temía: los hombres acuchillados, baleados o cualquier caso que no estuviera en condiciones de asumir.
    —Señorita Thorton, encontré a este hombre afuera. Parece que le dieron una buena tunda —jadeó Tim, que a duras penas levantaba un cuerpo alto y fornido, pasándose uno de sus brazos alrededor del cuello—. Fue eso o se cayó de un décimo piso.
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    —Vamos, querida. No sea cruel haciendo esperar a ese pretendiente suyo —continuó el viejo entre risas—. El pobre esperará una respuesta, ¿no es verdad?
    Los ojos de Fanny volaron incrédulos de la maltratada carta al rostro picaresco del señor Lilly. Debió haberlo visto venir, pensó apretando los dientes. El muy tonto había sacado conclusiones al ver su reacción.
    —Apuesto a que el caballero pasó la noche en vela tratando de escribirle una poesía. Eso hacía yo a su edad, le escribía poesías a la señora Lilly, pero no eran muy buenas. De hecho, me dijo que se casaría conmigo solo si le prometía jamás volver a intentar tal cosa.
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