Maja Lunde

Historia de las abejas

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He utilizado una amplia selección de fuentes para trabajar en esta novela. Entre las principales mencionaré los libros especializados The Hive, de Bee Wilson, Ingar’sis birøkt, de Roar Ree Kirkevold, Langstroth’s Hive and the Honey-Bee, del reverendo Lorenzo Lorraine Langstroth, A World without Bees, de Allison Benjamin y Brian McCallum, y Det Nye Kina, de Henning Kristoffersen, además de los documentales Vanishing of the Bees, More than Honey, Who Killed the Honey Bee, Silence of the Bees y Queen of the Sun.
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Por eso el niño que fue ya no importaba. La vida de un individuo, la carne de un individuo, la sangre, los fluidos corporales, las señales nerviosas, los pensamientos, los miedos y los sueños no significaban nada. Los sueños que yo tenía para él tampoco significarían nada, mientras yo no consiguiera meterlos en un contexto y ver que los mismos sueños tenían que ser válidos para todos nosotros.
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Pero las abejas no se pueden domesticar. Solo pueden ser cuidadas, recibir nuestras atenciones. A pesar del objetivo inicial, la colmena era un buen hogar para las abejas
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Y allí estaban. Rígidas. De un color gris metálico como el del camión en el que habían llegado. Olían a pintura industrial. Una larga fila. Una igualita a la otra. Me sentí mal, miré hacia otro lado.

Ojalá las abejas no notaran la diferencia.

Pero claro que notarían la diferencia. Se percataban de todo.
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La abeja se muere cuando sus alas están desgastadas, deshilachadas, desgarradas, como las velas del holandés errante. Se muere en el momento en el que va a levantar el vuelo, lleva mucha carga, tal vez más peso que nunca, rebosa de néctar y polen, y esta vez resulta ser demasiado, las alas ya no la soportan. No vuelve nunca a la colmena, sino que cae en picado al suelo con toda su carga. Si hubiera tenido sentimientos humanos, en ese momento se habría sentido feliz, habría entrado por las puertas del cielo plenamente consciente de haber vivido a la altura de la idea de sí misma, de la Abeja, como podría haberlo formulado Platón. El desgaste de sus alas, su muerte misma, es la señal más clara de que ha cumplido con su destino en la tierra, de todo lo que ha logrado realizar, teniendo en cuenta su diminuto cuerpo.
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Ayudaré con mucho gusto mientras esté aquí —se apresuró a decir Tom.

—Media jornada de músculos universitarios no es exactamente lo que se necesita aquí.
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Cuando llegamos al hospital, su respiración no era más que un fino hilo que le ataba al mundo
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Y le hablé de la serpiente. No se me daba bien inventar historias, pero en ese momento me brotaban a chorros. Quizá porque tenía a Tom tan cerca de mí, quizá porque estábamos tan lejos de todo lo que fuera televisión y entretenimiento salió el hombre primitivo que había dentro de mí, o tal vez saber que esa sería nuestra vida durante tres semanas enteras me dio unas fuerzas extraordinarias
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Se había formado ya un sendero de hierba pisada hasta la colmena, como el estrecho pasillo de una iglesia, se me ocurrió pensar de repente. Me reí entre dientes al imaginarme como la futura esposa, camino del altar, sonrojada de emoción. Así de grandioso era ese día para mí, sellaba mi destino
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A Tom le tocó la tarea de desenrollar los sacos de dormir. Se esforzó mucho, colocándolos artísticamente, seguro que se había fijado cuando Emma hacía las camas en casa
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Pasaba ya mucho tiempo con las abejas. Sin prisas. A veces me quedaba observando cómo bailaban. Con movimientos hacia delante y hacia atrás, en los que yo no conseguía ver ningún sistema, pero que era, eso lo sabía, su manera de contarse las unas a las otras dónde se encontraba el mejor néctar. ¡Ahora aleteo un poco hacia la derecha, luego dos pasos a la izquierda, a continuación una vuelta, lo que significa que tenéis que volar por delante del gran roble, subir la pequeña cuesta, cruzar el arroyo, y allí, amigas, allí está la mejor zona de frambuesas silvestres que os podéis imaginar!

Así actuaban. Entrando y saliendo, bailando ante las demás, buscando, encontrando, trayendo.
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Vomité hasta que no quedó nada. Luego permanecí de pie, inmóvil. Debería volver. Darles comida, agua. Sacarlos de allí. O buscar a alguien que pudiera ayudarlos. Debería actuar como un ser humano. Alguien debería hacerlo. Tal vez yo era ese alguien. Tal vez los dirigentes ni siquiera estuvieran al tanto de la decisión de abandonarlos allí a su suerte. Tal vez no lo supieran.

Pero yo no estaba allí por eso.

Wei-Wen.

Esa gente de ahí dentro no era mi responsabilidad. Era responsabilidad del hospital. Y de sus familiares. Alguien los había dejado allí. Esta vez no fui yo.
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Asentí con la cabeza.

Ella me sostuvo la mirada y comprendió. Sabía que yo estaba buscando a mi hijo, pero no le había contado nada más. Aunque supongo que era suficiente. Todo el mundo que tiene hijos entiende que eso es suficiente, suficiente para que cualquier peligro con el que pudieras encontrarte sea secundario.
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No se me daba bien inventar historias, pero en ese momento me brotaban a chorros. Quizá porque tenía a Tom tan cerca de mí, quizá porque estábamos tan lejos de todo lo que fuera televisión y entretenimiento salió el hombre primitivo que había dentro de mí, o tal vez saber que esa sería nuestra vida durante tres semanas enteras me dio unas fuerzas extraordinarias.
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Asintió con un movimiento de la cabeza, ese era un argumento que él podía reconocer, porque se trataba de construcción, no de sentimientos.
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Una visión fugaz de mí mismo en un cristal me recordó el porqué. Mi nuevo aspecto contribuía bastante. Ya no tenía pinta de tendero fofo. Lo rechoncho y débil había desaparecido. Este hombre delgado y anguloso imponía respeto. Era interesante, especial, no era uno de ellos. Muy pocos sabían bien lo que me había pasado, y si tenían sus sospechas sería más bien veneración lo que sentían, y no desdén. Porque me había encontrado frente a frente con la muerte, pero había luchado y resucitado.
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Me miró con una amplia sonrisa. Dientes blancos, alineados. Ahora todo el mundo había pasado por la ortodoncia. Y todos tenían la misma pinta. Había desaparecido el encanto personal de los dientes curiosos.
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Por todas partes había gente joven. Universitarios. Muchas gafas y bolsas de cuero.
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Levanté la mano en un pobre saludo.

—Hola, colega.

Me arrepentí enseguida. Nadie decía «hola, colega».

—¿Estás aquí? —dijo.

—Vivito y coleando.

De mal en peor. ¿Vivito y coleando? Me quedé bloqueado. Lo que iba a decir tendría que esperar.

—¿Pasa algo? —Se levantó de un salto—. ¿Le pasa algo a mamá?

—Qué va, qué va. Mamá está como una rosa. Je, je.

Santo cielo. Debería callarme.
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Era obvio que estaban absortos en una conversación, murmurando acaloradamente, porque no me descubrió hasta que no me encontraba justo delante de él.

—¿Papá?

Lo dijo en voz baja, al parecer no estaba permitido usar la voz allí, en el bastión del conocimiento.
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