Odiaba no saber hablar la lengua, ni árabe ni francés. Odiaba que me pellizcaran las mejillas, me dijeran lo gorda que estaba y después me aseguraran que un día encontraría un marido dispuesto a pasar por alto mi peso y mi falta de desenvoltura a la hora de relacionarme. Un marido que hasta soportaría que leyera, que dibujara y que me aislara del resto del mundo. Que me enseñaría árabe con sus besos y sus caricias.