Giovane Mendieta Izquierdo

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    las emociones como dispositivos en el ejercicio de relaciones de poder-resistencia-contrapoder, que es un elemento nodal en la producción y reproducción de asimetrías en las relaciones entre hombres y mujeres, pero también entre grupos de hombres.
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    Carrigan, Connell y Lee (1987), la masculinidad hegemónica2 es: «la manera en que un grupo particular de hombres ‘habita’ posiciones de poder y riqueza, y como legitiman y reproducen relaciones que generan su posición de dominación»
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    Se ha señalado (Kaufman, 1994; Seidler, 2000) que los hombres viven una contradicción entre ejercicio de poder (entendido como parte del privilegio patriarcal) y dolor. La represión o contención emocional que podría plantearse como trabajo emocional3 imposibilita y priva a los hombres de una experiencia de vivirse como sujetos de masculinidad más humana, en que se mejora la comunicación porque permite liberar energía emocional, que de otra manera suele expresarse en forma abrupta (Kaufman, 1999) y en no pocas ocasiones como violencia, enojo, ira, entre otros.
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    , buscar ayuda es vergonzoso. Las emociones se liberan a través del deporte, se auto inflige daño (quemarse con cigarros, consumir drogas) o se atenta contra propiedades y otras personas. Vive un proceso de apropiación de prácticas y emociones que le permiten imponerse, y renuncia a otras que lo colocan en una posición vulnerable.
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    Kaufman (Kaufman, 1994) y/o Kimmel (Kimmel, 1994), y entendiéndolo como aquel que da cuenta de tres elementos: hombre en poder, hombre con poder y hombre de poder. Implica una hombría fuerte, exitosa, confiable, capaz y en control.
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    Así se limita la expresión emocional en forma selectiva, promovida y/o vigilada por distintos sujetos e instancias de socialización como la familia, el grupo de pares, la escuela y los medios de comunicación, por mencionar algunos. Estos refuerzan las prescripciones que regulan las emociones, una práctica social estructurada. Si bien se pueden reconocer sujetos y espacios de regulación, la autorregulación ejercida puede ser avasallante. En este sentido y para determinadas configuraciones de masculinidad, el principal agente de regulación emocional es el mismo sujeto, que encarna el mundo simbólico del que está imbuido.
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    l sistema binario de género, acorde con la división cartesiana, atribuía lo emocional a las mujeres, pues se pensaba que ellas estaban dominadas por el útero, en tanto que los hombres eran vistos como los dueños de la razón.

    Con el tiempo, la división entre razón y emociones se fue sustituyendo por una comprensión más compleja sobre el hecho de que las emociones subyacen a la racionalidad (Harré, 1986; Damasio, 1999, 1996).

    Las emociones, además, tienen variaciones graduales de una cultura a otra y responden a una lógica situada. Es decir, se controlan, modulan, reprimen o expresan de acuerdo con los contextos y los espacios de interacción social. En el caso de la comisión de delitos y la prisión, tanto la tensión experimentada como los espacios de encierro propician una reflexión más nítida sobre la experiencia emocional.
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    Muchos de ellos comparten el sentido emocional que se imprime en productos culturales como canciones, películas, marcas de ropa y personajes del hip-hop: historias de violencias y rechazo en el mundo de las drogas, así como competencias por ser mejores que los contrincantes y pares.
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    los productos culturales aprenden también posturas, miradas y un complejo repertorio que enriquece la performatividad de género, como la entonación de la voz, las diferentes maneras de sostener o dotar de intención a la mirada, la tensión muscular para enfatizar la musculatura, el levantamiento de la mandíbula y un rictus particular de desafío que corresponde con las emociones que experimentan.
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    envidia, por ejemplo, es central en muchos de los relatos. Ser sujetos de envidia no es algo negativo, sino que es algo que esperan que les suceda, y narran con orgullo el que otros se las tengan. Con base en ella, sientan las bases para los relatos de conflicto con otros hombres, fuera o dentro de prisión. No pocos de ellos aducen que son envidiados, sin importar si cuentan en realidad con cualidades o bienes susceptibles de envidia. La norma es: asumirse envidiados, pero nunca reconocerse como envidiosos.
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