A fines de 1954, el enfrentamiento de Perón con la comunidad eclesiástica la puso frente a un dilema. El gobierno promulgó la Ley de Divorcio, reconoció los derechos de los hijos ilegítimos, legalizó la prostitución y prohibió los actos religiosos públicos. En las concentraciones de la CGT y el movimiento justicialista se leían carteles con la inscripción “Ni curas, ni marxistas, peronistas”.