Porque, ¿no es posible que la ciencia, tal y como la conocemos hoy, o una ‘búsqueda de la verdad’ al estilo de la filosofía tradicional, cree un monstruo? ¿No es posible que cause daño al hombre, que lo convierta en un mecanismo miserable, hostil, autojustificado sin encanto y sin humor? «¿No es posible —se pregunta Kierkegaard— que mi actividad como observador objetivo [o crítico racional] de la naturaleza debilite mi fuerza como ser humano?[1].