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Carta de desamor de Agustín Lara (Lee Llever Aiza)

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“El Flaco de Oro”. Así le dicen al músico Agustín Lara en su México natal, donde es un prócer. Fue el autor de una gran cantidad de boleros que hoy son himnos, como “Solamente una vez” y “Piensa en mí”. Fue célebre no sólo por la música sino también por su gran cantidad de amores. Quizás el más relevante fue el que tuvo con la diva del cine mexicano María Félix, a quien le dedicó la canción “María Bonita”.

Esta carta cuenta una historia particular: la del amor no concretado. O, al menos, no en el mundo de los cuerpos. Mientras leía la sección de citas románticas en una revista, Lara conoció a una tal Mónica. Fue un vínculos hecho de cartas. Ella buscaba a alguien “lo bastante inteligente para no pretender conocerme nunca en persona”. Pero Lara cayó en la trampa. Y quiso conocerla. Aquí se lo cuenta a su amiga e intérprete Carmela Rey. Ésta es la historia de un desencuentro en la pluma más notable que tuvo la historia del bolero. Lee el actor Llever Aiza.

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¿Sabes, Carmela? Era yo todavía muy chamaco y hojeaba aquella revista cuyo nombre no recuerdo. En la sección de intercambio sentimental, me llamó la atención la firma de una de las corresponsales: Mónica. “Qué nombre tan raro”, me dije, pero asocié el nombre con la madre de San Agustín. Pensé: “¿Cómo será Mónica? ¿De qué color tendrá los ojos? ¿Cómo será su voz?”. Y mi fantasía comenzó a trabajar. Aquella mujer en su carta solicitando correspondencia decía poco menos así: “Deseo la amistad de alguien que sea lo suficientemente tonto para creer en la supremacía del espíritu sobre la materia; lo bastante inteligente para no pretender conocerme nunca en persona y lo estrictamente caballero para no burlarse de mis ideas y de mis sentimientos. Mónica”. Como puedes comprender, Carmela, despertó enormemente mi curiosidad, y por conocer cuáles eran esas ideas y esos sentimientos, le escribí a Mónica por medio de la revista. Te confieso que a través de sus cartas me enamoré de ella; no me interesaba tanto que fuera rubia o morena, o alta o chaparrita, o bonita o fea; lo que yo deseaba era escuchar su voz. Imaginaba que sería delicioso oir de sus labios aquellas palabras que yo sólo podía ver escritas. Su voz  tenía que ser dulce, armoniosa, musical. Su voz tenía que corresponder a la delicadeza, a la armonía y a la dulzura de sus ideas y de sus sentimientos. No fui lo bastante inteligente como para no pretender conocerla en persona. Insistí tanto en que me concediera una entrevista que al fin accedió. Si vieras qué emoción sentía yo, Carmelita preciosa; al fin iba a conocer a una mujer toda espiritualidad, toda delicadeza y cuyas cartas revelaban un gran talento. Me acercaba a la cita murmurando una canción… Y al fin conocí a Mónica. Pero la mujer frívola, un poco tonta y de voz desafinada que me recibió no era ella. No era lógico: una mujer como la que tenía enfrente no podía escribir como Mónica; y logré arrancarle la verdad: ella sólo era una amiga. Mónica jamás, por ningún motivo, se dejaría ver, nunca supe por qué y la impostora nunca me dijo la causa de esa inflexible incógnita. Fue como una sombra de mi fantasía.
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Editorial
Epistolar
Series
Epistolar

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